martes, 8 de septiembre de 2009

Hasta los güitillos

No sé si a ustedes les pasa -ya me contarán- pero yo (a veces) estoy hasta los güitillos -que viene de güito, es decir hueso frutal- y que resulta metafórico respecto a la expresión original que no es otra que estar “hasta las narices”.
Por educación tendemos a reprimir nuestro descontento. Más las féminas, la verdad. Por la paz un ave maría y así vamos acumulando bilis en el hígado y en otras zonas del intestino. Cuando la saturación del sistema es excesiva explotamos dañando lo divino y lo humano y más que a nada/ nadie a nosotras mismas.

La gestión de estas emociones -que conlleva su adecuada verbalización- tiene por nombre asertividad o sana expresión de la discrepancia, la negativa, el enfado, las necesidades, los anhelos y los sueños. No estamos educados en esto y cuando llegamos a la edad adulta (y desde luego antes también) -e incluso ocupamos cargos de responsabilidad- este asunto acaba provocándonos algunas disonancias.

Les contaré una anécdota. Cuando trabajaba en los servicios informativos de Radio Nacional de España tuve un director de carácter infernal que me apreciaba mucho. Yo -que entonces también tenía un carácter infernal- entraba de vez en cuando en su despacho y a modo de tsunami lanzaba improperios a diestro y siniestro sobre un sinfín de cuestiones. Honestamente, solía tener más razón que un santo en cuanto al contenido pero no en cuanto a la forma ni a la saturación de mensajes por minuto que lanzaba como una metralleta contra el buen hombre (lo era, pese a sus arranques de cólera).


Un día en el que seguramente el director estaba de mí “hasta los güitillos” me dijo: - Azucena, por favor, cuando "la papelera de tu descontento" tenga un papelito, un ruido, una basurita, ven y cuéntamelo. No esperes a que desborde como la espuma de una cerveza. Fue un gran consejo sobre asertividad, concepto que él desconocía en el plano teórico y que, sin embargo, a su manera formuló como una utilísima sugerencia de la que aún me acuerdo quince años después…


A partir de aquel día cada vez que surgían desavenencias, problemas o injusticias en el equipo de redacción yo acudía a su despacho, y vaciaba "el ruidito" de mi papelera emocional con lo que el tsunami quedaba reducido a la controlada explosión de una botella de cava.

Al no esperar hasta el desbordamiento, mejoró la bilis de mi hígado y mi autocontrol emocional. Mejoró la formulación verbal de las cuestiones que me preocupaban y, desde luego, mejoró nuestra relación. Todo ventajas. Se lo aconsejo. Cada vez que estén “hasta los güitillos”, respiren, piensen cuándo dónde y a quién van a decir qué y ¡¡háganlo!! a poder ser de una manera neutra, correcta, informativa, sin herir, sin faltar, asertivamente. Y... cuéntenme cómo les va.

2 comentarios:

Socrates dijo...

Excelente anécdota y, a buen seguro, situación muy familiar para muchos.

Sara Cobos dijo...

Azucena,es muy interesante tu recomendación; creo que todos nos hemos visto en situaciones que nos han desbordado.
Practicar la sana asertividad nos sentará muy bien.

P.D. Me ha gustado mucho tu frase: "Lo que hace que una persona cambie
no es lo que le decimos, sino lo que descubre.
La paso a mi blog.

Saludos