domingo, 12 de agosto de 2012

El dedo de Dios

Me pidieron un haiku para una antología poética y escribí:
Naturaleza y Silencio, la única Medicina.

He recorrido treinta kilómetros de monte en dos días y recuperado lugares sagrados para mí: el hayedo de Leva y el río Nela de mi niñez. No sé si -como dijo el poeta- la infancia es la patria, pero en mi caso esas dos piezas de mi biografía me acercan al dedo de Dios -título del cuadro de Michael Angelo que reproduzco-.

Es cierto que un viaje de mil leguas comienza con el primer paso. De igual manera que con 38 grados y la plomada del sol castellano en la vertical del cielo hace falta coraje para abordar la Mesa de Oña o la Cueva de Rojo (ambos parajes burgaleses). La recompensa es el silencio sólo alterado por el aleteo de los saltamontes de alas azules y las piñas de los abetos que se abren solas presionadas por el agobiante calor. Haciendo a un lado los matojos de espliego (lavanda), sorteando el musgo del hayedo, las cien mil hojas sepultadas por las sombras, los restos de setas carcomidas por los animalillos, y el limpido aire, resulta imposible no ser dichoso de una manera inmotivada e irracional aunque no por ello menos sólida.

En Nela retomo el pulso al agua fría -aunque agradable para calmar los casi cuarenta grados del día más caluroso del año- y descubro que ¡hay cangrejos! distintos a los de hace treinta años (más feos y destartalados) aunque a la postre cangrejos que habitan junto a las culebras en el fondo del caudal. El agua sigue siendo transparente y verde en apariencia y -al nadar- escucho tan sólo el roce de mis brazadas ¡plas, plas! Arriba el cielo, a los lados la chopera, y en medio del río mi cuerpo flotante en soledad: cercanía  del dedo de Dios (felicidad inmotivada). Más tarde me abandono sobre la hierba a echar una cabezada confiada ante la perfección del entorno.















En algún momento me asaltan pensamientos laborales, proyectos cuyo diseño está pendiente para septiembre, encargos de empresas, el borrador de un curso de equipos que comenzará en octubre, la segunda fase del entrenamiento de un comité de dirección... Sobre la hierba, en un páramo perdido de Castilla, alejo de un simbólico manotazo lo que me resulta duro como una roca y arduo como un pedregal. Dos voces pugnan en mi interior: la que defiende el silencio, el abandono, el descanso, la fusión nuclear con la naturaleza y la voz urbanita con su tiránica agenda, dead lines, convenios, promociones, despidos... Mi mente resopla y pide tregua mientras la madeja del pensamiento (Krishnamurti) y su tiránico látigo redoblan el argumentario de lo que me espera: un arsenal de decisiones. Me balanceo, dudo, me agoto, ante la "ambivalencia reflexiva" -concepto que magistralmente desarrolla William R.Miller en el libro Entrevista Motivacional-. Lejos de abortar mi debate interno, exploro lo que hay sin rechazar, censurar o negar la pugna de fuerzas entre el ser y el parecer, entre el deber y el placer, entre el esfuerzo y el descanso. Concluyo que la "ambivalencia" acaso sea la búsqueda del equilibrio y me siento funambulista. 

Froto mis ojos tras la siesta. Me recompongo. Cargo la mochila. Comienzo con el primer paso el viaje de mil leguas hacia el hotel rural de Santa Cruz de Andino (Villarcayo) donde me alojo. Salen a buscarme la abuela, el perro y Olatz, la propietaria y excelente anfitriona...