lunes, 23 de junio de 2014

¡Sí hay camino!


No es verdad que no haya camino aunque -a base de no transitarlo- parezca cerrado ante el estallido estival hoy, en Castilla la Vieja. 

Tan exhausta como feliz escribo después de diez horas de caminata entre arbustos, pinos, encinas, cerezos (colmados de un rojo sarampión) nogales, amapolas y flores silvestres como las de la fotografía tomada bajo la vertical del sol del mediodía. 




Al igual que cuando participas en una regata como la Transcuadra te olvidas de todo con cada milla que avanzas mar adentro (como me ha enseñado mi amigo Miguel Cembrero, que participará en la competición con el número 214 plasmado en el Txikia Bat); con cada palmo que conquistas a la naturaleza te olvidas un poco más del mundanal mundo y su frívola sofisticación.   

No es que hayamos hecho el Himalaya ¡no es eso! sino que en dos jornadas consecutivas hemos abordado varias montañas de entre 800 y 1.000 metros de altitud que han llevado nuestra resistencia física al borde del abismo sin haber descolocado un centímetro nuestra sólida previsión de resilencia, fruta y agua. Aunque... puestos a ser sinceros la clave del aguante a los treinta cinco grados, al tembleque de las piernas y al dolor en la planta de los pies, ha estado en la belleza que nos ha sostenido en volandas, casi en éxtasis y rozando el nirvana estético y brutal de un mundo que estaba antes que nosotros y pervivirá tras nuestra desaparición como especie.

Las horas de convivencia cunden mucho y cuando te decides a romper el silencio necesariamente es para decir algo que merezca la pena o... ¡para jugar!

A las diez y media de la mañana hemos alcanzado una charca donde cien -acaso mil- ranas croaban a plena branquia. Me he preguntado a qué distancia detectarían mi presencia y dejarían de cantar... Ciertamente saltaban raudas a la poza cuando me encontraba a dos metros del agua, pero sólo silenciaba a las más cercanas mientras el resto de centenares (o miles) seguían orquestando un atronador coro de solistas... Pero yo quería seguir jugando y he dado la vuelta al ruedo como un exitoso torero: a mi paso callaban provisionalmente para retomar la faena poco después ¡qué curioso! y así horas descubriendo que los humanos en la naturaleza no somos nada. 




Perdonen que me despiste con el entusiasmo y el recuerdo de dos jornadas en libertad. Lo que deseo compartir es que aunque Machado -nuestro poeta universal- tenía razón en que "se hace camino al andar", no estaba del todo en lo cierto al afirmar que no hay camino. ¡Discrepo, Señoría! Hay senderos fabulosos aunque muy estrechos (hay que desplazar un pie y después el otro ya que no caben en paralelo) por los que ya han ido otras huellas durante décadas -acaso siglos- pastoreando, portando la cosecha, atendiendo el parto de un ternero o recolectando té y manzanilla... Caminos que otros han abierto para nosotros con esfuerzo y persistencia y que de no transitarlos desaparecerán ¡como tantas otras cosas! silenciosamente del planeta. Mi compañero de juegos -filósofo desde los veinte y ahora casi poeta a los sesenta- y yo misma hemos surcado con ahinco los senderos para que no cierren el paso a los aventureros y para recordar que ¡sí hay camino! y merece la pena descubrirlo, transitarlo y re-abrirlo para las generaciones venideras.