miércoles, 9 de julio de 2014

Hechos... lo demás ¡son pamplinas!


Hay tipos de los que podría enamorarme a pesar de sus manías -en algunos casos escandalosas-, de su derrumbe físico y de su torpe aliño indumentario. 

Incluso muertos ejercen sobre mi animo una irresistible atracción si han transitado las fronteras entre la realidad y la ficción, la locura y la cordura -ese disfraz al que nos sometemos para ser aceptados en sociedad-. 

Uno de esos personajes peculiares es Andrés Nágel cuyas esculturas han demorado horas mis visitas al Museo de Bellas Artes de Bilbao y a quien no conozco pese a haber nacido en 1947 en San Sebastián, donde vivo.



Otro fronterizo cuya obra me fascina es Leopoldo Panero -fallecido en marzo de 2013- tras haber rebotado como una pelota de ping-pong por una docena de psiquiátricos y haber escrito, escrito, escrito y ¡escrito! como acto de rebeldía.

Recoge el rotativo El País una reseña en la que se hace eco de las Obsesiones Póstumas de Panero y compruebo que tanto el escultor como el poeta se caracterizan por la crudeza de sus respectivos estilos: creaciones y formas directas -casi hirientes- en la desnudez e intensidad de su mensaje. 

Esa brutalidad descarnada que arremete contra las convenciones responde a un S.O.S. del autor, un eco anímico que mantiene alerta mi espíritu inconformista que apuesta por auténticos cambios sociales -mi oficio-. Panero y Nágel (entre otros y sin saberlo) ¡me alimentan!

La vida de Panero está cerrada, pero no su obra. Yo también aspiro: a dejar un eco de obra realizada en las personas y  organizaciones que me otorgan confianza para intervenir durante un tiempo en sus empresas y después siguen su camino productivo, liberándome a su vez  para transitar el mio.



"La poesía -escribió Panero- 
es el camino de la oruga 
que hablará de mi a los hombres cuando esté muerto."