miércoles, 13 de agosto de 2014

La goma elástica del tiempo


Rápido, rápido, rápido. Todo acontece a velocidad ultrasónica -o así me lo parece- por eso otorgo importancia calibrada a la lentitud, la contemplación y la espera. 

Hace muchos años que Milan Kundera me puso en la pista con su Elogio de la Lentitud, título que -a diferencia de La insoportable levedad del ser- ha pasado sin pena ni gloria en la historia de la literatura contemporánea. Ahora me acuerdo del checo y espero descubrir en los próximo párrafos porqué.




Apenas percibo alguna sensación de cierta exquisitez me propongo mentalmente atraparla por escrito tan pronto tenga al alcance el teclado de un ordenador. Pero una y otra vez no resulta posible, porque la cinta sin fin de las horas y los días corre en cada ocasión más rápido como si se tratase de un film de animación. Les pondré un ejemplo: He pasado unos días en Los Pirineos Franceses donde se han producido momentos mágicos -como el de la fotografía superior- en los numerosos lagos que hay en la subida al Hautacam (más de 1.500 metros de altitud). Pensé en escribir sobre un buen puñado de emociones tan pronto llegase a la habitación de la casa rural en la que me hospedaba. Imaginé que -al ir cazándolas al vuelo y registrándolas en imaginarios post it- me resultaría fácil volcarlas por la noche en unas líneas. Pero una y otra vez me vencía el cansancio, la supervisión de las rutas de la jornada siguiente, comprobar si las mochilas contenían agua, chubasquero, dátiles... en fin... a las 23 horas, plof, dormida, exhausta bajo el edredón. Y así hasta el último día. Después -ya en San Sebastián- las sensaciones de cierta calidad han seguido acumulandose en post it mentales en espera de ser registradas ya que tengo la teoría de que las experiencias que vivimos se redondean y completan al escribirlas adquiriendo de ese modo un sentido pleno. ¡Quizá sea una de mis excentricidades! o tal vez el poso de algunas lecturas en esa dirección, o la influencia de los talleres de escritura...




El caso es que hoy (que ya he perdido el aroma del Hautacam) me he propuesto escribir a pesar de los quehaceres domésticos y a pesar de que me ronda el plof plof del edredón. Hablaba de la lentitud, la contemplación y la espera, cuestiones peliagudas para un personaje hiper-activo como yo que he tenido la oportunidad de practicar.


He vivido una espera de hora y media en la terraza norte para dar la bienvenida a mi hija que venía de Francia y pasaba por casa (San Sebastián) camino de sus mini-vacaciones por la península Ibérica. Claro que ha llamado para avisar de los atascos de la frontera, desde luego que ha vuelto a llamar para confirmar que estaba en una gasolinera española repostando ¡mucho más barato que en Francia, mamá! pero se me ha hecho largo -casi eterno- y me ha dado tiempo a recordar las esperas de mi propia madre en el balcón de la casa familiar... ¡al menos yo tenía el mar! 

La espera me ha permitido transitar por diversas fases internas (inner game): un poco de frustración, un gramo de aburrimiento, ganas de coger un libro, tentación de coser botones y de recoger algunas flores secas de los arbustos... Pero finalmente se ha instalado en mi cierta dulzura que sonaba a "cuando llegue estará bien, Azucena, ¡relájate y disfruta del momento!" Ta chan... Kundera... Elogio de la lentitud. Así que me he dedicado a la contemplación del paisaje, el cielo, el oleaje y el vuelo de las gaviotas. Por fin se ha aposentado en mi un algodonoso silencio y ha sido agradable. Muy agradable. Y lo demás ha sido coser y cantar y reír y hablar y agradecer que me haya regalado lo que más ilusión me hacía: unas fantásticas gafas y tubo de bucear. A esto -exactamente- le llamo exquisitez: en mitad de la vorágine de su gira (ha participado como solista en seis conciertos diferentes en el Festival de Música Antigua de Saint Savin (Francia), en mitad de los viajes, las maletas, las comidas fuera de casa, los mediodías de ensayo y el cansancio, ella se ha acordado de mis artilugios para bucear y de mi ilusión por ver peces en el Cantábrico. Por un rato el tiempo ha aflojado su látigo y la cinta sin fin de las horas y los días se ha ralentizado... Tres horas más tarde ha sido hermoso volver a la terraza norte para despedirle agradecida por ese momento de plenitud en las pequeñas-grandes cosas.  



Foto tomada el 10 de agosto 2014
en el  Lac D`Estaing (Pirineo francés).