sábado, 22 de noviembre de 2014

La suspensión de la incredulidad: mi propuesta


La vida -que es viaje- intensifica su movimiento cuando te desplazas lejos de casa. Viajo  estos días por el otoño francés y descubro cien mil tonos de siena -que añoran ser atrapados en una rápida acuarela-. Conecto con pueblecitos de la campiña donde el ritmo aún es humano ¡casi divino! en su devenir. Por este espacio temporal transito en conexión con una naturaleza que aunque tiene un nombre, latitud y altitud, representa la pura abstracción de la belleza en cualquier lugar de la tierra. 




Con la mirada registro las imágenes que captura mi retina. Con los pies me enraizo en la tierra. Con las manos recojo hojas rojas para hacer un adorno artesanal... ¡pero no consigo vaciar mi cerebro urbanita! A pesar de que solo oigo el sonido de los pájaros, el agua, y -muy de vez en cuando- la voz de mi pareja, resuenan en mi cerebro las voces de quienes confían en mi compañía profesional para asumir cambios existenciales. Sus historias viajan conmigo allá donde esté como parte del entramado de mi propia vida en un cruce de caminos que semeja una tela de araña trazada con tiralíneas por dioses paganos.

En la terraza del botánico paramos a tomar un café negro con miel de un amigo apicultor. Descansamos junto a un pavo cuya realeza se muestra en su esplendor sobre un soportal de cristal. Cuando le enfoco con la cámara me mira y se queda coquetamente quieto.




Capturo otra forma de belleza que como el bosque es ajena a la creación de los humanos y recuerdo mi querido grupo de trabajo de los miércoles en cuyo último encuentro acariciamos el núcleo de los "soñadores despiertos"  /  "utópicos aterrizados":


Como no sabían que era imposible
¡Lo hicieron!


Habiendo terminado el café negro con miel de nuestro amigo apicultor, el pavo vuela desde el altillo a la terraza. La cámara solo captura el embrión del cambio: una mancha de intencionalidad, un tránsito de la quietud al movimiento, de lo conocido a lo desconocido, de lo confortable a lo incierto. 




Después conecto mentalmente con la escritora Isabel Franc -con quien estuve hace unos días conversando-. De sus mágicas frases me quedo con una:


Para crear
 hay que suspender voluntariamente
¡¡la incredulidad!!


Isabel firma que para escribir relatos de humor (en los que un pingüino camina de la mano de un ejecutivo trajeado por una ciudad europea) hay que ser capaz de volar desde el altillo de la incredulidad a la tierra de la credulidad, que te acoge con amorosa gratitud. Si miro hacia atrás en mi trayectoria constato que casi todo lo realizado se debe a la "suspensión voluntaria de la incredulidad" así que acaso toda creación comience con ese gesto interior y el resto... llegará por añadidura.