miércoles, 4 de febrero de 2015

La vocación como destino


No soy de la localidad vizcaína de Santurce, la bonita aldea de la canción -a la que pertenece la fotografía de Asier Gallastegi-. Y aunque nieva en el exterior, es tarde y estoy agotada, escribo. Escribo o reviento, simulando el título del libro que hizo famoso a El Lute. El caso es que no quiero reventar. No al menos por mi mala cabeza.




Sigo el rastro de mi vocación con la intensidad que el sabueso olfatea al jabalí en la campiña y ¡claro! acabo por arañarme en los mismos matojos que las ovejas pierden lana.

No es fácil separar el grano de la paja de los proyectos que llegan a mi mesa y me cuesta descifrar si son atajos o desvíos que propicien la transformación social a través del entrenamiento de los profesionales en  las empresas, mi core-business.

Escucho. Trato de escuchar la sutil voz de la intuición. Aplico los diez mil filtros de color de una Polaroid antigua tratando de descifrar el código secreto que me ofrezca la garantía que busco en los proyectos que acepto: que sean beneficiosos para todos, que se desplieguen con transparencia, que se gestionen con ética, ¡que sirvan realmente de algo! y que dejen una huella en el presente que se proyecte en un mañana mejor. Mejor ¡qué obsesión, Dios! A veces me pesa, hoy , por ejemplo, que estoy muy cansada. Y -aunque llevo casi diez horas al timón- la nave sigue acumulando agua por más que achico correos electrónicos, llamadas, gestiones, entrenamientos y diseños de intervención. ¡Uff, agota sólo recordarlo!


¡No entiendo porqué me meto en tantos líos! Participo en foros colaborativos, escribo, estoy haciendo un curso con la Universidad de Harvard, preparo un libro, tengo despachos abiertos que funcionan y -por si fuera poco- algunos profesionales (a los que no conozco) me confunden con el Oráculo de Delfos y me piden consejo u opinión sobre los más variados temas humanos y divinos. ¡Qué se yo, pobre mortal! 

Bueno ya está el desahogo y el reconocimiento de que no siempre estoy feliz como una lombriz. Soy humana. Me quiebro. Me enderezo. Lucho. Suspiro. Rabio. Anhelo. Busco. Encuentro. Desfallezco. Me levanto. Sigo. Sigo el rastro de mi vocación como el sabueso al jabalí. Espero no encontrarlo malherido y que acabe conmigo. Tregua. Paro. Descanso. ¡A dormir! Y mañana... mañana será otro espléndido día al servicio... ¡al servicio de lo que el universo depare para mi!



6 comentarios:

Xabi dijo...

Animooo! Firme al timón, que la tormenta amainará y llegarás a buen puerto! Muxus.

Azucena Vega Amuchástegui dijo...


Con timoneles como tu cerca ¡siempre se llega a un puerto esperanzado, Xabi! Gracias por tu recia ternura. Muxus.

cristina zaldua dijo...

Como la vida misma, como las olas, las estaciones, los días, ... expansión y contracción, arriba y abajo. Como me gusta leerte capitana de barco vocacional.
Un abrazo y hasta el sábado,
será nutritivo para el almacén energético, ya lo verás..

Anónimo dijo...

Recuerda ;-)
¡este año sólo proyectos que te apasionen!

Anónimo dijo...

Desde luego que usted tiene una actividad frenética,,,, o por lo menos, alardea de ello,,,

A mi me viene una frase que vi en Gasteiz(mi cuidad) escrita en una pared. y me encantó:
"LA VIDA ES UN ECO,,,SI LO QUE ESCUCHAS NO TE ESTÁ GUSTANDO,,, TENDRÁS QUE PENSAR EN QUÉ ES LO QUE ESTÁS EMITIENDO"

Patxi

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

Tupendo, Patxi. Gracias.Tomo nota del eco. Un saludo desde San Sebastián.