domingo, 22 de febrero de 2015

Zen en el tiro con arco


Anoche esperaba un tren que llegaba con veinte minutos de retraso procedente del aeropuerto de Toulouse en el que horas antes había aterrizado mi hija después de tres vuelos internacionales y otras tantas escalas desde Noruega: Tromsö-Oslo-Frankfurt-Toulouse. 

Mientras hacía tiempo me dio por pensar en clave juguetona: subir a un tren... bajar de  un tren... mirar como las vacas al tren... ¡Dejar pasar el tren! Trenes de primera y segunda, lentos y rápidos (expresos) como el café que tomas de pie en la barra de un bar de estación dos minutos antes de la salida de tu convoy en una dirección que intuyes pero desconoces con precisión.

Hacia frío en el andén dos de Auterive (Francia) en el que de vez en cuando se apeaban jóvenes esquiadores que venían de Andorra con las tablas en una mano y las botas en la otra. Por fin, al filo de las nueve, mi ojo alcanzó al ser querido envolviéndolo en un abrazo mucho antes de que la cercanía permitiese sentir el latido de un corazón que anhela.




Al montarnos en el coche no pude frenar una cascada de preguntas llenas de curiosidad por su momento vital deseando alargar los segundos para más y mejor compartir. Pero ella se había levantado a las cuatro de la madrugada y venía textualmente agotada, así que esquivó (como buenamente pudo) mi insidiosa persistencia. Hubo un pequeño silencio y entonces recordé al filósofo alemán Eugen Herrigel para quien una pregunta bien hecha lleva -como un caracol- la respuesta en la espalda. Su mente noqueada no respondía con el entusiasmo habitual y tuve que bajarme del vagón de las preguntas, parar en el anden de la espera, y hacer una reserva de paciencia, algo que me cuesta. 

Sin embargo, Bu y Pih (en la fotografía) son maestros de la espera hasta el punto de que llevan meses custodiando la casa francesa de mi hija y como buenos anfitriones anoche nos acogieron con dulzura, justo antes de acostarnos.


Entre sueños mi mente se puso de nuevo juguetona: trenes de noche que dejas pasar, días de trenes que se funden en el horizonte alcalino de la nostalgia, vagones a los que te subes, te bajas, despides... Andenes y trenes en los que te haces preguntas cuyas respuestas intuyes pero desconoces y caracoles que llevan respuestas en la espalda. Por último me quedé dormida bajo el narcótico de la ternura ¡pócima mágica de la vida!