miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Cuál es el precio de la ética?


Una mañana del mes de abril del 2013 mi pareja me preguntó qué me pasaba. Le dije que nada y eso le confirmó mi preocupación porque soy de un dicharachero abrumador.

Desayunamos en la cocina y mi silencio le resultó tan sospechoso que volvió a preguntar. Entonces yo le respondí con otra pregunta: ¿podemos prescindir de dieciocho mil euros? Se quedó pensativo y un tanto atragantado con la mermelada de cereza negra -bueno, quizá fuera grosella- y me contestó: "... a lo mejor no podemos merendar ¡pero seguiremos comiendo!..." y eso me tranquilizó. Me tranquilizó y me dio fuerza para plantar cara a un Ceo que llevaba un mes presionando para que le hiciera una lista de aquellos miembros del comité de dirección que estaban alineados / no alineados con su visión empresarial y su peculiar manera de hacer las cosas. La lista de Shindler sería el primer paso para un posterior "acoso y derribo" de los directivos más críticos con el estilo de liderazgo del Ceo y -finalmente- terminarían en la calle a pesar de su alta cualificación y servicios prestados a la firma.




Aquel año no merendamos y tuvimos que prescindir de la mermelada de grosella pero mantuvimos la ética y eso nos hizo felices porque sin dignidad no se puede vivir y yo no hubiera podido sostener la mirada de aquellos directivos a los que entrené durante meses y con los que compartí duros avatares.

En la primera ronda de presiones saqué el contrato en el que se dedicaba una página a la confidencialidad. En la segunda ronda envió a los responsables de recursos humanos (mucho más atemorizados que yo). En la tercera vuelta el Ceo se presentó en mi despacho -sin cita previa- alegando que pasaba por allí y que mi obligación era contribuir a la toma de decisiones de la empresa: "usted tiene más información relevante de nuestra organización que la que cualquiera de nosotros podamos reunir en una década" -dijo- mirándome con la vena aorta prominente en su cuello de búfalo airado.




Hoy ha vuelto a pasar con otro directivo... Casi tres años después de aquel episodio he sentido la inmensa tristeza de tener que defender la ética desde mi frágil desnudez de emprendedora bonsái. Y se ha repetido la escena en la cocina: los dos un poco más canosos pero igual de sintonizados en la cháchara y el silencio. Esta vez no he tenido que preguntar porque ya sé la respuesta: ¡otro año sin mermelada de grosella!

Lo único que me cansa es la tristeza. Y hoy estoy cansada porque me gusta volar y sin embargo siento que me arrastro entre pesadas estructuras empresariales donde me rompo las alas tratando de salvar algunos trastos del naufragio.


8 comentarios:

Eli Fisas dijo...

Que ooprtunidad para el propio CEO Azucena! Ojalá que no esté ciego...nunca se sabe...
Graaaaaaaaaaacias

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

El Ceo ¡es humano! y creo que sentía miedo ante lo que vivía como "turbulencias" en su organización. Buscó complicidad para desprenderse de los discrepantes. No la encontró. Sí aporte, sin embargo, y no lo he contado para no extenderme en el post, una reflexión estratégica (de cuarenta folios) con posibles áreas de mejora entre las que se encontraba la aceptación de la diversidad, la indagación apreciativa, la transparencia, la construcción "real" de valores compartidos... en fin, Eli ¡gracias por estar ahí y por tu aprecio!

Lourdes Pozueta dijo...

Yo creo que cada uno estamos hecho de una pasta que debe elegir la salsa que mejor le sienta. Ya has decidido que esa salsa que comentas va muy mal para tu buena pasta…estupendo, parece que lo ibas a estropear!! Lo peor de todo, que por DINERO que se va a quedar ahí, sin tocarlo….….corramos el riesgo de estropearnos. Estás íntegra y preparada para que te coman!!!

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

Gracias por asomarte al blog, Lourdes ¡un honor, un placer! que genuinamente agradezco. Pasta... Pasta... ¡de dientes y blanqueadora! ¡es un decir! Un abrazo grande.

Xabier Aginagalde dijo...

Mucho ánimo! Un fuerte abrazo y muxus mil!

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

¡Hey Xabier... sigues asomándote por aquí! Mila ezker. Me llega tu ánimo, energía y complicidad en el vivir y trabajar. ¡¡Gracias, Xabier!!

Antia dijo...

Mi querido bonsai... la belleza reside en esa fragilidad que nos hace humanos. Venimos a rompernos las alas por aquello con lo que sintonizamos, en ese sentido la tristeza es un recuerdo de que volamos solos, pero volamos.
Y tras la aceptación de ella llega el recuerdo de que perteneces a una bandada de pájaros que emigra a mejores climas cuando el frío calculo del miedo llega con la intencion de helar las almas. Ya sabes que un ave libre de miedo lo hace porque siempre gana el dulce calor de su alma con ese viaje, aunque falte dulce mermelada. Un abrazo con media ala.

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

Tu "media ala" arropa, Antia. Envuelve, acoge, abraza. Gracias, desde este lugar del Cantábrico. Con ganas de verte / vernos pronto ¡en persona!