domingo, 24 de abril de 2016

El humanismo no es enemigo de la ciencia


Estamos perdidos -querámoslo o no- ¡estamos perdidos! Me rindo a la evidencia y doblo mi rodilla antes de volver a alzar el vuelo... 

El caso es que la rodilla cae en buena compañía: un catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona (Jordi Llovet), un profesor de griego en Fuenlabrada (Oscar Martínez) y -finalmente- el humanista jefe de la  Brooking Institution, el principal laboratorio de ideas de Washington. 

Los académicos formulan con precisión el nauseabundo escepticismo que en los últimos meses muerde los talones de mis pies. No es que me alegre, porque sabido es que mal de muchos consuelo de tontos, pero al menos ponen un poco de luz a las tinieblas en las que me interno en el mundo empresarial con más coraje que armadura, más conocimiento que "herramientas" y ciertamente más humanismo que ciencia. El enfoque con el que ejerzo mi oficio ¡es arriesgado! (*) pero -ya lo dijo Einstein-: más de lo mismo, mismos (deplorables) resultados. Es necesario cambiar la manera de cambiar e innovar la manera de innovar.





Tres estilos de profesionales pululan cuan enjambre de moscas entorno al panal de rica miel de las empresas. Los outsiders, con playeras, sumergidos hasta la ceja en los movimientos co-co-co (**) y siempre dispuestos a que les pagues un café. Muchos de ellos poseen mentes bien amuebladas y ética razonable pero se mantienen en las zonas marginales del sistema: no saltan a los despachos y fábricas para contribuir a eliminar el sufrimiento innecesario en las organizaciones. ¡Lástima! En segundo lugar estan los consultores tradicionales, con zapato y traje de diseño y una jerga de escuela de negocios que genera confianza en los ilusos. Estos tienen liquidez y de vez en cuando les hace gracia invitarte a comer porque su ego necesita agitación de coctelera. Algunos tienen conocimientos obsoletos, otros desprecian todo lo que desconocen, muchos han perdido la ética (o la han vendido para pagar la hipoteca), algunos incluso forman parte del sufrimiento innecesario... Finalmente hay algunos profesionales en tierra de nadie tratando de salvar los trastos de la ética (instalada en mi estómago como una solitaria del tamaño de un dragón que textualmente me tumba en cuanto le rozo las escamas), empujando las fuerzas del cambio, la transparencia... Puro funambulismo nadando contracorriente dentro y fuera de los negocios, combinando  el tacón con la playera, el maquillaje con las canas, las uñas cortas con el pintalabios... sin perder el horizonte de lo que importa: ¡la vida y las personas!


"El acto más revolucionario que uno puede hacer hoy
es ralentizar: desacelerar"



Supongo que usted habrá dejado la lectura unas líneas más arriba y lo entiendo... pero es que... ¡estamos perdidos! y aunque no es algo nuevo, no consuela. Ya en 1872 Flaubert se lamentaba del desequilibrio que planteaba un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia en detrimento del humanismo. El gran escritor reconocía: "... Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado... la gente se está volviendo idiota...".

¡Aún podemos reaccionar! Sumemos fuerzas: los outsiders, los funambulistas y hasta los consultores con corbata... Como me enseñó Meredith Belbin en Cambridge: tú no eres como yo, no piensas como yo y no actúas como yo, pero juntos ¡podemos ir más lejos! Cambiar la manera de cambiar, innovar la manera de innovar, eliminar el sufrimiento innecesario en las organizaciones... ¿Quién se anima?



(*) Arriesgado para mi.
(**) Movimientos colaborativos.


2 comentarios:

Iker Latxaga dijo...

"Sumemos fuerzas"... ¿estás segura de que los tres perfiles tenéis los mismos objetivos?.
Mi experiencia me dice que no, sin querer generalizar, pero no.
Ser un funambulista necesita de coraje y no tener miedo al vértigo. Te expones al mercado, a demostrar que vales lo que cobras y mantener tu integridad ante los que pagan (que buscan que te vendas...) porque ellos te pagan y quieren que hagas lo que ellos "se ven obligados a hacer" con sus clientes, les dan lo que quieren sin plantearse si es eso lo que quieren ofrecer.
Y muchos de los outsiders no se atreven con el mercado y muchos de los consultores están a mejorar el rendimiento de la empresa...
¿Qué facturas paga la felicidad de los empleados? (ironic mode ON)

Azucena Vega Amuchástegui dijo...


Muchas gracias por asomarte al blog, Iker, y dejar un comentario que abre diversas líneas de debate... Por continuar con la metáfora del post: outsiders y funambulistas quieren cambiar el mundo a mejor ¿no? ¡¡ya tenemos alineados 2/3 de la ecuación!! y los "consultores" quizá fueron outsiders y funambulistas que perdieron la esperanza, el coraje o las dos cosas... Y, en el fondo, creo que la felicidad de los empleados ¡es rentable! como dice Stanford...