jueves, 29 de diciembre de 2016

Orillar los estragos de la civilización



Una profunda e inesperada alegría llegó hace cinco días a casa cuando al intercambiar los regalos navideños Julián -nuestro familiar más delgadito- se probó los pantalones de trabajo que le había traído Noel. Siendo de su exigua talla habitual ¡la treinta y ocho! le quedaban pequeños y hemos tenido que cambiarlos (con permiso de Noel que afortunadamente posee un talante bonachón).

Es un hecho simple que pudiera pasar desapercibo al insensible ojo del cíclope, no al de mi hija ni al mío que apreciamos a Julián porque vale lo que pesa en oro, y comprendemos que un par de tallas más en un hombre que mide un metro y ochenta centímetros ¡es estupendo! ¿por qué? porque entre otras consideraciones significa que goza de un poco más de tiempo para dormir, que come un poco más ordenadamente, y que trabaja un poco menos que durante el verano, época en la que vive un pico de trabajo enloquecedor entre la huerta y los frutales.

Me he acordado de la honda satisfacción que me produjo el incremento de talla de Julián paseando por los montes de Landarbaso (municipio de Rentería, País Vasco) donde el silencio era total salvo por el crujir de hojas secas al avanzar con las botas de mil leguas sobre caminos trazados y senderos ocultos. No ha sido, sin embargo, la única sorpresa dulce de la Navidad... 




Tras un período de intenso trabajo a ritmo trepidante en la city (Londres) mi hija suele desembarcar en el aeropuerto de Loiu (Sondica, Vizcaya) con una cara que siendo suya no le representa. Sería razonable decir que llega ¿desencajada? ¿agotada? ¿al borde de un ataque de nervios? Pues bien, al cabo de tres o cuatro días de moderada actividad en San Sebastián (País Vasco) se produce la mutación a la persona que fue (y es) aun cuando las circunstancias estiren los nervios como si fueran gomas al límite de su elasticidad. Hoy he atisbado su verdadero rostro buscando setas entre la hojarasca y no ha cejado en el empeño hasta dar con varios ejemplares de las llamadas "lengua de vaca" que hemos comido de aperitivo al mediodía.




Dos hechos simples y diríase "involuntarios" -es decir, no buscados conscientemente por la mente racional- me colman de alegría: un familiar que engorda dos tallas orillando una fragilidad física extrema dando síntomas de bienestar; y un familiar que recupera su esencia serena, dulce y confiada orillando los estragos de la enloquecida civilización y sus tiránicas exigencias.




Agradecidas a la vida y contentas,  a media tarde mi hija y yo damos un paseo por la playa sellando en un abrazo un momento extremadamente valioso que apenas podemos disfrutar tres o cuatro veces al año.