jueves, 19 de enero de 2017

David contra Goliat, una historia real




Aún no tengo el pelo tan largo como esta mujer, aunque me lo estoy dejando crecer para desesperación de mis amigos más convencionales.

A veces me hago un mini-moño como el de esta onna bugeisha, samurai japonesa entrenada en el arte de la defensa. Todavía no uso más armas de corte, sólo el dardo de la palabra aliñado con mis pequeñas certezas -digamos mi dignidad y mi ética- a las que zarandean a base de bien los poderosos. No todos. Algunos.

Hoy he caminado sobre la cuerda floja de la zozobra en conversación telefónica con un responsable de recursos humanos del sector industrial. Me incomoda profundamente la falta de respeto por el tiempo, el trabajo, el conocimiento, el método y el proceso de entrenar a la alta dirección de un consejo de administración. Y me desanima hasta el hastío tener que bregar para que te abonen el kilometraje, por ejemplo. Sabido es que la posición de emprendedora-bonsái es una miniatura frente a colosos como las multinacionales, y que la cuenta de explotación de las empresas queda más mona si se arañan céntimos del bolsillo de los "proveedores" de servicios -yo, sin ir más lejos-.




El caso es que hoy he tenido que luchar como una samurai frente al muro de la indecencia, de las lamentaciones y del regateo. Pudiéramos decir que he ganado la batalla a base de puro y sobrio dato argumental, pero me he quedado tan triste y desfondada que voy a renunciar al proyecto porque los que te piden que cambies su empresa en realidad no quieren cambiar nada. ¡Menos mal que hay otros proyectos menos encorsetados y feudales! mañana y pasado (viernes y sábado) estaré en Zaragoza con un grupo fabuloso de empresarios, directivos y profesionales genuinamente interesados en aprender-aportar-compartir-disfrutar y crecer para cambiar el mundo un poquito cada vez.