miércoles, 31 de mayo de 2017

Tiempo Límitado


Mañana por la tarde tenía pensado acudir al British Museum para disfrutar de La gran ola de Kanagawa -uno de los cuadros del gran artista japonés Hokusai, en exposición hasta el 13 de agosto de 2017-. Aunque ya tenía los vuelos reservados, no podré ir por la inesperada complejidad de algunos temas laborales. 





La gran ola de  Kanagawa es una de las piezas más conocidas del pintor del período Edo que no disfrutaré mañana aunque espero hacerlo dentro de unas semanas. Junto a otras piezas que muestran paisajes y leyendas de dioses y espíritus, la gran ola representa la pequeñez humana frente a los elementos -en este caso el mar- y su violencia imprevisible. Pequeñez. Pequeñez humana que -como el tiempo- se nos escapa entre las manos cuan granos de arroz, de arena: todo es temporal, efímero, pasajero. 

Mi hija vive en Londres, razón por la que viajo cada seis-ocho semanas a la city, y este año dedicará sus vacaciones a visitar las cercanías del monte Fuji (Japón) que aparece al fondo de tantos cuadros de Hokusai. Preparando mi viaje a Londres, me había hecho con algunas publicaciones internacionales en una de las cuales he descubierto la figura de la death doula (persona que acompaña emocionalmente a otro en el momento de morir). Se trata de una nueva profesión para que -de momento- sólo forman en el Visiting Nurse Service de Nueva York. Me ha parecido curioso descubrir que muchas personas fallecen solas (aun cuando tengan familia), y que un profesional con vocación de servicio despide la vida que -en realidad- siempre debiéramos sentir como lo que es: temporal, efímera e inesperada, como la gran ola de Hokusai.



domingo, 28 de mayo de 2017

Reconocer = Retener el Talento



Trabajo con personas de talento cuyo éxito profesional se mueve hacia la excelencia y acompaño durante un tiempo.

Algunos gozan en su haber de una larga carrera de logros, salpicada de algún fracaso, que les ha hecho más fuertes y más sabios al incorporar las lecciones de la vida. Otros son profesionales en la treintena que atisban un futuro casi infinito que no saben cómo alcanzar. Entonces me miran -como la joven de la fotografía al ojo gigantesco-, arquean las cejas, sienten la empatía y receptividad de mis neuronas espejo, y se sueltan a compartir algunos  sueños y ciertas dudas porque... ¡no quieren perder oportunidades!




La gestión de las personas con talento presenta algunos desafíos para los que no están preparados la mayoría de los empresarios, directivos y gerentes ya que a la potente formación académica suman un conjunto notable de habilidades entre las que se encuentra la consciencia de su aportación de valor a la empresa: pro-actividad, auto-motivación, creatividad, polivalencia, flexibilidad, capacidad de trabajar en equipo y ausencia de miedo. 

El miedo es uno de los principales contrapesos de los empresarios, directivos y gerentes sobre todo en un país con una elevada tasa de paro. Pero los profesionales de talento conocen su valor de mercado, aspiran al infinito, y no están dispuestos a perder el tiempo. En una palabra: son conscientes de que la vida es un juego efímero.

Un profesional de 32 años al que entreno afirma haber reportado a su empresa más de un millón de euros en 2016 derivados directamente de su gestión ¡un gran pastel! Harto de no recibir un reconocimiento animoso por parte de su jefe directo, de ser ninguneado por otros directivos de la compañía, y de esperar durante años un ascenso, hace unas semanas comenzó la búsqueda activa de otro empleo en empresas del sector. Hoy tiene sobre la mesa dos opciones fabulosas y deshoja la margarita de irse o plantear en su empresa una sustanciosa promoción.



Retener a los mejores profesionales
exige altas competencias de liderazgo y
práctica habitual de reconocimiento.



Conozco al Ceo de la compañía de este joven y sé cuánto se disgustará si decide marcharse porque es consciente de su impresionante know how, poderosa red de contactos, musculatura para el sacrificio, visión empresarial y fabuloso sentido del humor. Cabría entonces preguntarse por qué durante años no ha tenido una palabra de reconocimiento, por qué no le ha dado una porción del pastel... ¿Por qué? 

En síntesis: la gestión de personas con un talento excepcional exige líderes con habilidades excepcionales que -afortunadamente- ¡se pueden entrenar! 


lunes, 22 de mayo de 2017

La vocación necesita ¡un lugar!


De vez en cuando me adentro en el hayedo, alcanzo una roca plana -cuyo musgo hoy estaba seco-, me siento y reflexiono sobre algunos aspectos de mi vida que se repiten mostrando patrones de comportamiento que mi torpeza no logra superar.




Con la fuerza de una cepa bacteriana resistente al antibiótico, las fases turbulentas de mi vida tienen algo que ver con dos aspectos: el ego o el desapego, dos asuntos a los que el budismo dedica muchos párrafos de su mejor literatura. Desde hace cuatro décadas brego en la materia con estos impostores y -aunque debilitados- aparecen una y otra vez envueltos en variopintos disfraces que no ocultan sus insaciables fauces de lujuria.

Ahora la vida me vuelve a confrontar con el apego a las cosas materiales que he acumulado en el despacho de San Sebastián durante los últimos doce años. Como casi siempre, hay un pretexto mundano y una intención soterrada del destino ¡que es lo que importa y hay que escuchar! El pretexto es que el casero quiere darle otro uso a mi oficina y me invita a finalizar nuestra relación contractual. La intención soterrada del destino aún está por descubrir mientras me deshago de la mayor parte de mis pertenencias: libros, plantas, cuadernos, artilugios de oficina, alfombras, mesas, sillas... un arsenal de propiedades que me acompañan desde hace años y pesan al transportarlas, al conectar con sus representaciones simbólicas, y al bajarlas a la calle para que alguien pueda aprovecharlas.

Aunque al principio la noticia me desconcertó, ahora siento la energía chispeante de un nuevo comienzo en el río de la vida que no hay que empujar porque fluye solo (Gestalt).




Solo he tenido un ataque de nostalgia al desprenderme de mi "bosque urbano", un ejército de plantas que han crecido conmigo (junto a mi) y que en los momentos de estrés me han sanado ofreciendo su incondicional ternura. Al menos he podido "salvar" los árboles grandes que se llevará un amigo al caserío: el acebo, el laurel, el olivo...

Estoy en tránsito, practico el desapego, noto mi resistencia a soltar, a dejar marchar, y me acuerdo de una de las lecciones de Sir John Whitmore: en circunstancias adversas, por ejemplo en una empinada pista de esquí con placas de hielo, tienes dos opciones. La primera, sentir pánico y aferrarte con rigidez a los cantos de los esquíes. La segunda, confiar en tu capacidad, respirar, soltar la rigidez, volver a confiar y fluir en conexión con el entorno. En la montaña y en la vida, las posibilidades de que las cosas salgan bien pasan por confiar, fluir y ser uno con el cambio. ¡Ese es el desafío!


jueves, 18 de mayo de 2017

¿Cuál es la competencia clave de liderazgo?



Este año estoy haciendo un maratón de proyectos. La intensidad de la experiencia es tal que apenas puedo digerir-integrar una cuando comienzo otra que termina y da paso a una tercera. El equipo de marketing  que habita en el celeste no descansa, y me lanza proyectos como granos de arroz a los novios: caen sobre mí esponjosos, blancos y bellos aunque ¡abrumadores!

Desde el año 2002 trabajo por el boca-oreja, es decir: por la recomendación de mis clientes a sus familiares, amigos y conocidos. Esta semana tengo un caso especial: Adela -que viene desde Vitoria y es la tía de uno de los empresarios con los que trabajo desde el año 2010-. La "tía Adela" es uno de esos personajes entrañables que los clientes traen al despacho en la confianza de que podré (y sabré) comprender sus desafíos profesionales. ¡Qué responsabilidad!

Adela ha sido una excepción en una semana donde han primado los equipos. En dos ocasiones me he desplazado a la Armeria Eskola de Éibar (Guipúzcoa) para impartir formación a una docena de directores de centros de formación profesional del País Vasco -unos profesionales cuya vocación de apoyo-ayuda a los jóvenes del territorio pudiera conmover al firmamento-.




Trabajar con ellos en el aula 222 con unos púpitres que recuerdan mi colegio de monjas ha sido una experiencia deliciosa por su aptitud (conocimientos) y actitud: curiosa, inquieta, participativa y juguetona. En la fotografía practican la escucha empática, las preguntas abiertas y la mejora de competencias relacionadas con el liderazgo. Es curioso que una y otra vez la comunicación despunte como la competencia clave del liderazgo. 




La comunicación es el vehículo de socialización humana, es el soporte que une o aleja a las personas, y es incuestionable para ejercer la influencia.

Claro que cabe preguntarse ¿qué es comunicación? Los radicales afirman que comunicación es "lo que el otro entiende". Los teóricos del management del siglo XXI  afirman que el 90% de las dificultades empresariales tienen que ver con la comunicación, y hasta mi amigo Álvaro González Alorda ha escrito un libro titulado The talking manager. Finalmente conviene recordar lo que descubrió el investigador Albert Mehrabian: que el 55% de la comunicación es gestual,  el 38% tonal y tan sólo un 7% verbal.

Afortunamente la mejora de la comunicación es algo que se entrena y que impulsa la carrera profesional de cualquier persona que no renuncie a la excelencia. ¡Sigamos pedaleando!
  

domingo, 14 de mayo de 2017

El binomio auto-respeto / asertividad



Será una coincidencia de la que no merece la pena extraer conclusiones precipitadas, pero en los últimos meses varios de los proyectos en los que trabajo incluyen el fortalecimiento de competencias de comunicación vinculadas a la asertividad.

En 2017 existen numerosos libros que profundizan en el tema. Sin embargo, no era así hace una década cuando Olga Castanyer publicó el superventas titulado: Asertividad, expresión de una sana autoestima, del que he regalado numerosos ejemplares como soporte referencial al trabajo con personas a las que les cuesta poner límites, defender sus derechos, expresar discrepancias, necesidades o deseos y -sobre todo- decir ¡no!

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La práctica de la asertividad es una pared de doble uso: separa y protege; y el arte consiste en explorar sin miedo cómo funciona en la vida real. El ejercicio de la asertividad nos separa de aquello que no deseamos que nos invada, contamine, aplaste o fagocite, al mismo tiempo que protege el dulce caparazón de la identidad que conoce sus necesidades, principios, sueños, energía y tiempo. ¡Tiempo! ya saben... ese oro líquido del que está hecha la vida.

Es un tema apasionante que -en mi experiencia- ofrece resultados espectaculares cuando se integra como una práctica cotidiana, se pierde el miedo a los efectos colaterales no deseados, se hace acopio de coraje, y se toma la decisión de querernos a nosotros mismos tanto como a los demás y de escuchar las necesidades propias tanto como las ajenas. En una palabra: cuando ganamos en auto-respeto cogemos carrerilla para formular en voz alta aquello que pensamos-queremos-necesitamos o discrepamos con independencia de lo que diga la mayoría dominante, lo que a veces tiene un coste -aunque no tan alto como renunciar a ser quien eres-.


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Esta semana el devenir de mis tareas me ha confrontado con varias paredes de asertividad. Algunas me han protegido, otras me han aislado, varias han resultado inocuas, y un par de ellas pueden hacer zozobrar un proyecto. Pero persisto en el auto-respeto para no diluirme como un azucarillo en el café, y defiendo mis principios aun cuando soy consciente de que pueden ser erróneos. Finalmente me reconforta leer El País donde la actriz Adriana Ozores dice que ha construido su carrera -sobre todo- a base de la practica reiterada del ¡no!



viernes, 12 de mayo de 2017

Vocación y Gratuidad ¡no es lo mismo!



Un hombre al que conocí hace tres años me escribe solicitando mi ayuda profesional. Afortunadamente le recuerdo bien: fuerte, joven, elegante y al frente del departamento de recursos humanos de una gran corporación. También lo percibí un poco arrogante, casi chulesco.

Pero me escribe solicitando apoyo profesional y rauda como el viento le facilito las coordenadas de un primer encuentro en el despacho de San Sebastián. Narra que le han despedido de manera fulminante sin haber tenido tiempo de preparar un plan B. Le priorizo en mi agenda al entender que desea encauzar su carrera cuanto antes. Acordamos una fecha, una hora, y le avanzo el coste de un encuentro de trabajo. Entonces el hombre joven, fuerte, ex directivo y un poco arrogante me dice que al escribirme estaba planteando una "relación desinteresada".


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Desinteresada ¿para quien? porque su interés en mi conocimiento experto, contactos profesionales, apoyo, aliento, consejos y revisión de su currículum vitae no parecen ciertamente desinteresados aunque... quizá hay algún aspecto que se me escapa... ?!

En su airado email postponiendo sine die nuestro encuentro me dice que pensaba que mi trabajo era "vocacional" y entonces salta el tigrecillo que me habita. ¡Claro que mi oficio es vocacional! como el pediatra, el dentista, el osteopata o el profesor... Vocación de apoyar, alentar, contribuir, acompañar... pero ¿quién dijo que vocación y gratuidad sean lo mismo? Una cosa es trabajar solo por dinero. Otra trabajar sin poner en la ecuación el dinero, un lujo que un autónomo no se puede permitir porque desaparece del mercado en treinta segundos.

Me ha enfadado un poco, la verdad. Y me ha parecido un abuso porque este hombre tiene paro, familia adinerada, poderosos amigos, ahorros y una pareja con un cargo directivo. Es cierto que yo practico el diezmo y trabajo un 10% de mi tiempo con personas que precisan apoyo y no pueden remunerarme pero... ¡¡éste no era el caso!!  En fin, le deseo lo mejor y me permito recordar que vocación y gratuidad no son sinónimos porque ni hacienda, ni la seguridad social, ni mi casero aceptan el pago con moneda vocacional.


domingo, 7 de mayo de 2017

Monchito y los Pegamoides


Somos sosos como la calabaza. Mi pareja y yo somos sosos hasta que nos vence el cansancio y comenzamos a reírnos el uno del otro, el otro del uno, y los dos de cualquier cosa. Por ejemplo, cuando llevábamos diez kilómetros de caminata, en una zona recóndita del bosque, a mi compañero le ha dado por decir que bajo las hayas viven Monchito y los Pegamoides, y esa broma tontorrona nos ha hecho trastear de risa un buen tramo del camino de vuelta a casa.



Los directivos que pasan tiempo con su plantilla
se ganan la confianza de los equipos
y toman mejores decisiones de negocio.



Pero esa expresión no es nuestra, sino del director general de una planta industrial del sector de la automoción donde entreno a algunos de sus responsables. 

La escuché por primera vez cuando quise bajar a los talleres para husmear el almacén, observar los paneles de planificación, descubrir la manera de producir accesorios ornamentales para vehículos de lujo, y contar decenas de moldes para la elaboración de sofisticadas piezas. ¡Ah! ¿Quieres ver como funcionan Monchito y los Pegamoides? - me dijo en tono socarrón el directivo cuando le pedí permiso para visitar la fábrica con mi chaleco fosforito, mis zapatos de seguridad y mi casco-. Después lo conté en casa y se ha quedado como parte del acervo de bromas que compartimos.

Monchito y los Pegamoides son los trabajadores de cualquier industria y sector que sacan adelante productos o servicios, los que están "en el barro".

No se me alcanza cómo conocer la realidad de una fábrica sin recorrer los talleres, las máquinas y hasta la sala de café de los operarios. Tampoco se me ocurre cómo descubrir los entresijos de una organización si permaneces sólo en la "zona de moquetas", es decir, en la planta noble que acoge los despachos de amplios ventanales de los principales directivos...

En mi caso no tiene mucho mérito bajar "al barro" porque tanto en el monte como en la fábrica me apasiona descubrir cosas nuevas, pero  además estoy convencida de que el "mal de altura" que aqueja a muchos directivos les priva de información relevante para tomar decisiones por dos razones: la primera, por lo que podrían descubrir por sí mismos; y la segunda, porque son precisamente Monchito y los Pegamoides los que conocen la complejidad-profundidad y los entresijos del negocio.

Como decía el general Eisenhower: "... Un oficial no debe nunca rehuir el deber de presentarse ante sus hombres, de hablar y de alternar con ellos...".