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domingo, 13 de junio de 2010

Envejecer

Ya lo dijo Epicuro: Donde estoy yo, no habita la muerte, y donde habita la muerte, no estoy yo. A lo que le contestaron los estoicos: No bien nacemos, empezamos a morir.

Pensamos que la enfermedad, la muerte y la vejez no van con nosotros, hasta que lo inevitable ocurre: persistentes canas, apagado tono en la cabellera, dientes que han perdido su marfil, una talla más de pantalón, clavículas que no provocan desmayos, un par de varices en las piernas, manos nervadas o huesudas, cejas transparentes, una piel menos tersa en general y el recuerdo permanente de Adolfo Domínguez único ser para el que la arruga es bella.

Treinta largos de piscina y quince minutos en las duchas colectivas permiten una minuciosa observación de la decrepitud humana. Las señoras de entorno a los sesenta nadan con primor por razones estéticas o de salud, y lo hacen con ahínco seis-siete días a la semana. Por su parte, las canas, las varices, las huesudas manos y las arrugas les dan la espalda en sus esfuerzos por frenar el deterioro. Son las 8.30 de la mañana, me ato las playeras verdes -último gesto antes de salir del polideportivo hacia mi despacho- ¿cómo esquivar el paso del tiempo y sus servidumbres? No es sólo el cuerpo y su estética... acaso la carrocería sea lo de menos. En esas mañanas de vestuario compartido, lo que me atormenta son las conversaciones entorno al repollo, el norit, los muchos programas de televisión, y la receta casera del pastel vasco. No quiero convertirme en un recipiente yermo de vida propia. Buscaré modelos referenciales de mujeres que hayan llegado enteras al final de sus días: con variados intereses, actividades culturales, viajeras, sociales, intelectuales, laborales, políticas... Mujeres que cocinen repollo e ideas, que laven con norit la mundana suciedad de su entorno, que no tengan televisión ni de plasma ni en blanco y negro, y que hagan pasteles creativos de pintura, de letras, de canciones y de proyectos. Supongo que no será fácil. Tampoco imposible. Me lo anoto en la agenda del porvenir. Salgo del club y comienza mi jornada.