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sábado, 17 de abril de 2010

Nirvana entre gigantes

Tanta bobada y la vida es amar a unas pocas personas, conocer-apreciar a algunas, y saludar a muchas en los furtivos pasillos de la existencia. Tanta bobada y en el chasquido del ala de una mariposa se va la vida. No crean que estoy triste, todo lo contrario: me siento contenta, muy contenta, lo que propicia mi pasión por la vida, y el recuerdo de un joven trombonista japonés al que conocí hace ahora cuatro años, en un concierto en la Concertgebouw (Amsterdam) www.orkest.nl, y murió meses después en su país natal debido a un ataque agudo de asma.

Hoy me he acordado de Hiro -se llamaba así- porque he vuelto a la catedral de la música centroeuropea. He alcanzado el nirvana sin drogas, meditación trascendental, gurús, peregrinación a la meca, ni nada semejante. Mucho más simple: escuchando a la Orquesta de Cámara de Holanda (Nederlands Kamerorkest) durante algo más de dos horas con un programa que ha incluido música de Webern, Haydn y Strauss y dos gigantes-solistas de excepción: Gordan Nikolíc (violin) y Alexander Kniazev (chelo). El nirvana -tal y como yo lo entiendo- no es otra cosa que una elevación de conciencia por encima de los niveles habituales, y eso hoy era posible durante la interpretación virtuosa de unos músicos que llevan décadas de esforzado trabajo, investigación y prueba-error compitiendo siempre consigo mismos, con los clásicos, con la inabarcable perfección. Nirvana hoy en la Concertgebouw que llena mi mente y corazón para volver a casa -tras las vacaciones- y dar a manos llenas la cosecha que hoy he recogido. Al fin y al cabo -como les digo- la vida es amar a unas pocas personas, conocer y apreciar a algunas, y saludar a muchas en los furtivos pasillos de la existencia.