En la fiesta todos portamos el disfraz que nos caracteriza. Los niños alzan sus globos con gas y corren en sus patinetes amenazando severamente los tobillos de las ancianas. Los deportistas hacen footing a primera hora de la mañana mientras los trasnochadores duermen la resaca. Los moteros llevan sus chupas negras y sus cascos bajo un sol de justicia y 30 grados que deshidratan las acequias. Los aristócratas visten bermudas y camisas del cocodrilo en tonos claros mientras apuran el vermouth en las terrazas de moda; los pobres siguen apostados en todas las iglesias, los tullidos se dejan empujar en sus sillas de ruedas, las macizas desafían la ley de la gravedad y la gravedad de las leyes de lo impermanente.
Los gigolos con gafas negras se dejan ver en las esquinas en busca de señoras de postín. Los hispanos de América exhiben en playas y piscinas los artilugios inflables más grandes: cocodrilos, colchonetas, balsas... Las parejas de toda la vida leen el periódico y comentan las noticias y las esquelas. Los turistas arrastran maletas. Los mochileros arrastran mochilas. Los franceses ocupan siempre la totalidad de la acera. Los americanos tienen hambre a todas horas. Los italianos casi siempre hacen mucho ruido. Los alemanes siguen siendo muy rubios y viajan con montones de niños. Los ingleses son difíciles de identificar, acaso son más delgados que los americanos y comen con alguna moderación y protocolo. Las solteronas siguen quedando en la misma cafetería que el resto del año y hablando de los mismos aburridos temas que conocen hasta el hastío.
Sí, en agosto, España es una fiesta -como decía Hemingway- y todos portamos el disfraz que nos caracteriza. ¿Cómo es la fiesta de su pueblo? ¿Cómo su disfraz?
