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domingo, 13 de junio de 2010

Secretos a voces

Con asiduidad siguen el blog muchos coaches, algunos líderes, varios terapeutas y numerosos docentes de universidades y escuelas de negocios. Todos trabajamos con adultos y -en alguna medida- nos esforzamos por dimensionar el talento que ya existe en las personas propiciando que ejerciten (una y otra vez) como en un gimnasio de habilidades y actitudes.

Pues bien, acabo de terminar de leer Las claves del talento (Zenith Editorial) en cuyas páginas finales (entre la 165 y la 211) relata Dan Coyle un puñado de experiencias reales de exitosos entrenadores deportivos, artísticos y empresariales de todo el planeta. ¿Saben? La mayoría comparten algunas características que pueden inspirarnos a quienes nos consideramos aprendices de mago.

Los buenos profesionales escuchan mucho más de lo que hablan, y lo hacen en varios niveles. Además practican una mirada firme, profunda y limpia, casi un láser cuya pretensión es descodificar a la persona que tienen delante. Abordan el entrenamiento más como un arte que como una ciencia, lo que les permite adaptar el estilo, ritmo y lenguaje a cada persona. Básicamente son espejos que se vuelcan en llenar los tanques de amor y el combustible de la motivación en la certeza de que cada persona tiene todas las respuestas y capacidades para convertirse en la mejor versión de sí misma. Con primor y paciencia, dedican décadas a aprender la forma de enseñar, hasta que se convierten en una matriz. Cuando no existe un sistema diseñado para un alumno, sencillamente ¡lo inventan!

Por último, los buenos entrenadores consiguen hacer de sus alumnos pensadores independientes deseosos de profundizar en su arte o ciencia siempre un poco más. La mayoría de ellos llevan treinta años entrenando, razón por lo que los mejores se aproximan a los setenta años de edad.

Al final... va a tener razón mi filósofo del bosque de Aiete: las personas de sesenta, sesenta y cinco, y setenta años son la verdadera -acaso la única- esperanza de cultivar el talento (de otros) en las empresas, instituciones, fundaciones y organizaciones no gubernamentales del siglo XXI. El mero paso del tiempo no asegura la sabiduría. Sin embargo, la neurociencia y la lógica avalan que la sabiduría precisa muuucho tiempo para su aprendizaje y desarrollo. ¿Por qué desperdiciar esos "caldos maduros" en su mejor momento y aroma existencial?

viernes, 4 de junio de 2010

Escaladores de hielo

Todo viaje personal o profesional comienza con algunas preguntas. Esta es mi creencia como entrenadora, por lo que hoy me permitiré compartir con ustedes tres cuestiones que han surgido en amena charleta con Igor, una persona apasionante con quien a veces tengo el lujo de quedar. La primera: ¿Cómo consigue un club de tenis ruso -que no tiene un céntimo y que tan sólo dispone de una pista cubierta- formar a más jugadoras que han alcanzado el top 20 que todo Estados Unidos? La segunda: ¿Cómo logra una humilde escuela de música situada en un local que originariamente fue una tienda (en Dallas, Texas) producir artistas y estrellas del pop con contratos fabulosos? La tercera: ¿Qué razones explicarían que en el seno de una humilde familia británica -asentada en un pueblo remoto y sin acceso a la educación superior- surjan tres escritoras del máximo nivel mundial?

La conversación se produce en la terraza del Café de La Concha, sobre la bahía de San Sebastián donde ha llegado el verano. Son las 9.30 de la mañana, el termómetro alcanza los 24 grados a la sombra y nos protegemos de un sol intenso bajo los blancos toldos. Fuera, los jardineros asesinan margaritas sin piedad con el pretexto de segar el césped. Arriba el limpido cielo azul. A nuestro lado, una avanzadilla de turistas de todas las nacionalidades alguno de los cuales -quizá- sea neurólogo y conozca la mielina, una sustancia que rodea el núcleo de las neuronas causante de la magia del despliegue del talento en acción.

Charlamos durante casi media hora (el tiempo de lo que denominamos nuestro kit kat mañanero) y coincidimos en que muchas de las personas triunfadoras de talento que conocemos se caracterizan porque se esfuerzan mucho por el logro de objetivos concretos, se permiten cometer errores, a ratos hacen un poco el ridículo, y con frecuencia escalan lo que el escritor Dan Coyle denomina "una pared vertical de hielo".

Recogemos nuestros bártulos, montamos en las bicicletas, contemplamos el césped sin margaritas, y nos comprometemos a profundizar juntos sobre las Claves del Talento (Editorial Zenith).