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lunes, 21 de junio de 2010

Luna creciente

Mi corazón palpita... como una patata frita... Luna creciente en la bahía que anuncia la llegada de quien amo. En el salón de un lujoso hotel de mi ciudad, la televisión de plasma corea el gol de Villa, el de la patilla... para la selección española (contra Honduras, en el Mundial). Repiten la hazaña en tres ocasiones, y descubro que no siempre los logros de un equipo se deben a la colaboración de las personas. En este caso, Villa se lo ha hecho solito (liderazgo y talento en estado puro). Observándole, parece pensar/ sentir aquello de "morir matando" porque dispara sentado en cesped y el balón entra en el larguero, a pesar del esforzado portero que lo roza. Dicen que es asturiano y después la conversación se desvanece. Miro al mar, la mar de Alberti y -de nuevo- mi corazón palpita... como una patata frita. En unas horas la sirena arribará en buen puerto para quedarse unos días, nadar mar emocional adentro, y regresar a su libertaria Holanda. Todo rápido-rápido como el parpadeo de los ojos y -sin embargo- ahora parece una eternidad esperanzada.

Ya en casa, cambio las sábanas de su cama, pongo flores frescas en la repisa, coloco los ositos de la infancia, cuelgo sus toallas favoritas en su cuarto de baño junto a un jabón nuevo que compramos en Alemania. Dejo sus zapatillas en el hall, miro mi agenda y anoto en un papel todos mis huecos libres durante su estancia. Ahueco su almohada, repaso el polvo de las estanterías por segunda vez, ordeno algunos recortes de periódico (que aluden a sus intereses-pasiones y he guardado con primor durante las últimas semanas), pongo en fila su correspondencia bancaria, me aseguro de que hay croissants pequeños y mermelada de frutas del bosque para el desayuno. Salgo hacia el aeropuerto de Sondica.