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domingo, 20 de julio de 2008

Vivir resulta agotador

Una siesta y cuatro galletas de chocolate después me siento a escribir. Es domingo en mi querida bahía de La Concha, San Sebastián. Fue Hemingway el que inmortalizó para el mundo en sus novelas la popular siesta española. Ahora, los neurocientíficos más avanzados prescriben sus bonanzas: la siesta repara el sistema nervioso central de los avatares a los que le sometemos: tensiones laborales, familiares, personales, económicas y emocionales. En mi opinión, estas últimas corroen hasta los huesos.

La mente se convierte en una turmick, una batidora, una madeja(Krishnamurti) que se enreda sobre sí misma cada vez con mayor complejidad. Nuestro poderoso ordenador personal, portátil e inalámbrico de 40, 50, 60 o más megabits, nuestra mente, no descansa nunca. Vivir resulta agotador.

Se preguntarán qué razones hacen necesaria una siesta y cuatro galletas de chocolate. Son placebos. A más carencias más tensión, a más tensión más necesidad de compensaciones. Yo, de momento, me quedo con dormir y los azucares, remedios caseros, accesibles, casi inócuos. Saldo mi deuda de sueño -concepto taoista de Juan Li- y me siento colmada por el sabor agridulce de mis galletitas. Me tomo un respiro (Terry Macmillan), una tregua en la batalla en la que se ha convertido el hecho de vivir.

Ser Coach 2.0 es duro. Cada jornada te asomas a dos o tres precipicios existenciales, apoyas a tu cliente en un pacto de sangre,sudor y lágrimas y pocas veces puedes irte a casa cerrando las dificultades tras la puerta del despacho. Es cierto que año tras año vas construyendo un máster de sabiduría. Sí, no quiero ser pedante, pero es sabiduría y no sólo conocimiento adquirido en las aulas y en los libros. Por eso, acaso, tiene algún sentido que los mejores Coaches del planeta tierra tengan entre 60 y 70 años: son cantos rodados, piedras que han perdido casi todos sus ángulos de tanto chocar contra los elementos arenosos, acuáticos, desérticos del camino. Ser Coach 2.0 quiere decir de última generación, de vanguardia: con dilatada experiencia y aún curiosidad por aprender.

Esta es una de las profesiones en las que se valora la antigüedad, como en los vinos, y con la edad, la curiosidad y la ingenuidad son difíciles de preservar, son delicadas rosas, como la del Principito de Saint Exupéry. Sin embargo, acaso sin ellas no merezca la pena vivir. En una cara de la moneda la ingenuidad, en la otra la desesperanza.

Hoy he necesitado una siesta y cuatro galletas de chocolate negro, intenso, con un café americano bien cargadito porque ser Coach es ser testigo de los cambios profundos que realizan las personas en sus vidas, cambios que a veces precisan cirugía (física o psicológica)y que, por lo tanto, dejan cicatrices. El Coach es testigo y resulta casi imposible permanecer inalterado, incombustible. Exige vocación de servicio, un concepto anticuado, ñoño, impopular. Es una bella y agotadora profesión.