Parece un juego de palabras que no es.
Se trata de ser conscientes de las fuerzas que nos impulsan activamente hacia nuestros sueños y de aquellas otras que -aún provocando apariencia de movimiento- tan solo son huidas hacia la nada, la nada de la indefinición.
Pongamos un ejemplo metafórico simple. Vamos en coche y mientras la fuerza blanca pasaría por la definición precisa del pueblecito de la Toscana en el que deseamos disfrutar del domingo, la fuerza negra pasaría por coger el coche -sin rumbo alguno- dejando atrás una discusión monumental. Ambas escenas conllevan movimiento y sin embargo ¡son tan diferentes! Estas fuerzas propulsoras del ser humano repetidas inconscientemente hasta el infinito llegan a configurar comportamientos que se transforman en hábitos, hábitos que esculpen un Destino... Y es ahí donde tal vez debiéramos pararnos porque la fuerza del miedo es reactiva: responde a algo que nos viene dado; mientras que la fuerza del deseo es activa: va hacia aquello que anhela con intensidad y convicción... ¡¡Adivinen cuál resulta más satisfactoria!!
