Rindo homenaje a la mujer junco. Es una raza, una especie, acaso en extinción. La mujer junco se llama Ana y sufrió un mobbing salvaje en una institución vizcaína: sobrevivió, maltrecha, se quedó en 45 kilos (mide 1`70), palideció, perdió la autoestima por el desagüe de los despachos... me contrató. La mujer junco llamada Ana pidió la cuenta, buscó y halló un empleo en Madrid, montó en un flap (ala de avión) y allí está recomponiendo el puzzle de su vida: pesa 52 kilos, sigue midiendo 1`70 y es más flexible que nunca.
Rindo homenaje a la mujer junco. Es una raza, una especie, acaso en extinción. La mujer junco se llama Itziar, sufrió abusos sexuales por parte de su padre, maltrato físico y psicológico por parte de su marido, una vida durísima y a pesar de todo jamás perdió la esperanza de vivir en Gorliz, Vizcaya (su tierra natal), de ser pintora, de escribir... Nos conocimos, trabajamos juntas, hizo exposiciones pictóricas, escribió y publicó el libro Entre el cielo y la tierra ... Después se fue para no volver... y sin embargo a veces aún me parece verla en la ría de Gorliz, donde solíamos tomar un café y entrenar cintura y flexibilidad.
Rindo honores y pleitesía a la mujer junco que fue Pilar, alta, delgada, muy trabajadora, cuidando animales y pastos, trillando y sembrando, viviendo en condiciones extremas en la Castilla rural más profunda. Jamás recibía una sonrisa de los hombres de su casa (marido y dos hijos). Murió sola, en un lejano hospital: era una mujer junco y hacía las mejores patatas fritas que se pueda imaginar.
Rindo homenaje a la mujer junco. Es una raza, una especie, acaso en extinción. Se llama Mariángeles, es abogada, tiene una larga melena lisa y morena, y aún pudiendo crear una vida personal llena de glamour ha renunciado a ella por cuidar a dos padres enfermos. Se ha hecho experta en insulina, en tensión arterial, en medicaciones, en síntomas de anemia... Con flexibilidad de junco japonés paladea los detalles de la vida cotidiana y lucha por preservar su identidad de mujer joven, inteligente y hermosa, más allá del rol de hija-cuidadora que ha asumido desde la responsabilidad. Es un junco arco iris, algo que a ella le gusta mucho y refleja en los cuadernos de colores en los que escribe nuestro avances de coaching.
Elevo al cielo un canto intrépido, inusual, chispeante, casi gospel, por mi abuela materna: hermosa, dulce, limpia, ahorradora, religiosa, trabajadora por cuenta ajena en los años cuarenta: cuando eso era inusual y estaba mal visto. Sacó adelante a nuestra familia cuando mi abuelo, un guapo aventurero, se fue a hacer Las Américas. La abuela junco, trabajaba, limpiaba, cocinaba, planchaba, cuidaba de sus hijos, hacía muchas cuentas y aún le daba tiempo para rezar un rosario de pétalos de rosa que conservo. Se llamaba Julia y nació en 1900, a ella le gustaba decir que "iba con el siglo..."
Rindo homenaje a la mujer junco. Es una raza, una especie, acaso en extinción. Otro día hablo de los chicos ¿Vale?
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martes, 4 de noviembre de 2008
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