Hoy tengo un mal día. Acabo de llegar de Bilbao donde he estado trabajando muchas horas y -al final de la jornada- en contacto con uno de mis inversores. Aprovecho mi visita semanal a la capital vizcaína para hacer gestiones. Sin embargo hoy no era un buen día para verle: el hombre tenía neumonía física y diarrea mental. Perdonen el cabreo.
Sé -por mis muchos años de directiva de RTVE- y por mis muchos avatares vividos en cinco décadas, que la voz alzada es -casi siempre- el eco del miedo. Hoy mi inversor me ha hablado bastante alto aunque no suficientemente claro. Está enredado en temas inmobiliarios y anda hasta el cuello: no le compran propiedades y no le conceden créditos ni los banqueros con los que lleva haciendo negocios desde hace ¡cuarenta años! La falta de liquidez, más que los virus y el proceso infeccioso que padece, le está ahogando y con ello propicia una escabechina entre los clientes que hemos apostado por su fiabilidad al frente de inversiones complejas.
No es un tema de dinero, de verdad. Créanme. Sé que el dinero es una energía y lo que me inquieta es saber qué está pasando a nivel planetario para que de repente parezca desplomarse el cielo sobre el común de los mortales.
¿Dónde ha ido a parar la riqueza que hasta ayer campaba a sus anchas en los despachos, la banca, los negocios, las empresas? Me niego a creer que se haya evaporado como el alcohol de quemar. Imposible. El dinero, no se evapora. La energía ni se crea ni se destruye ¡¡se transforma!! Y en estas andamos... en transformar la complejidad de sus inversiones en luz y taquígrafos.
Vivir, a veces, resulta prosaico incluso para un alma a prueba de bombas, o eso creo. Ya en casa me he sentado en la silla verde del salón, frente al ventanal desde el que veo la bahía de San Sebastián. Marea alta, oleaje azotando al isla de Santa Clara. Al fondo, en el Monte Ullía, la estátua del Sagrado Corazón, impertérrito ante lo divino y lo humano. Me he hecho un café americano, negro, bien negro con una buena rebanada de pan alemán, miel y queso brie. Vale, todo en calma. Sigamos. Vivir es prosaico. Mañana será otro día en el que comprenderé mejor a los clientes que andan todo el día haciendo "ingeniería financiera". ¡Al saco de experiencias! Todo vale para el convento, como decía el fraile... y llevaba una monja debajo del brazo.
Mañana será otro día, para servir. Allí me tendrán, en el despacho de San Marcial 8, pertrechada de esperanza propia y ajena. Imposible "entrenar" a otros sin creer en el método. Pura homeopatía: me aplico mis propias pócimas.
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martes, 2 de diciembre de 2008
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