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domingo, 26 de enero de 2020

¿Management? Digerir Sapos



Los primeros contactos con un nuevo cliente-empresa consisten en preguntar y observar, tomar notas mentales y físicas, conectar con la propia intuición, volver a observar y preguntar, solicitar algunos datos relevantes de la compañía y construir un primer diagnóstico de partida que después contrasto con mi referente, ese directivo que me ha contratado (el director de recursos humanos, gerente, Ceo o propietario de la compañía).




En una ocasión recibí un encargo del sector tecnológico cuya fama hacía honor a la realidad que encontré: rapidez, intensidad, camaleónicas habilidades de adaptación y resultados de dos dígitos. ¿Entonces? Algunos de los mejores profesionales de la empresa estaban dejando la compañía sin que -al parecer- se dieran razones objetivas que permitieran entender semejante fuga de talento.

El absentismo y la fuga de talento son síntomas de que algo no va bien en las tripas de un negocio aún cuando la actividad (y los beneficios) sean altos. De hecho, los consultores comparamos el absentismo y la fuga de talento con el ruidito del motor al que no haces caso y un día te deja tirado a las dos de la madrugada en una carretera comarcal.




Después de preguntar, observar, contrastar y conectar con mi intuición, pedí algunos datos (plantilla,  organigrama, histórico de la compañía...) y de nuevo observé, pregunté y contrasté. Más tarde redacté un diagnóstico de partida: los profesionales de segundo nivel -veintiañeros recién incorporados a la compañía- presionaban a los de primer nivel -treintañeros con cierta seniority en la empresa- tratando de desplazarlos para hacerse con un mayor margen de maniobra, influencia, poder, estatus y salario. Además mostraban mucha prisa.

La presión interna (compañeros tratando de desplazarte) y externa (mercado convulso, competitivo y volátil) disparaban los niveles de estrés de los directivos del primer nivel que -conscientes de su expertice, valía y demanda en el mercado- no dudaban en dejar la empresa...

La salida de varios directivos senior colocaba a la compañía en una delicada situación por varias razones: con ellos se iba parte del know how, la experiencia y el conocimiento de los clientes. Además los jóvenes pupilos no tenían mandíbula para masticar el mercado ni vísceras para digerir los sapos que conlleva el management contemporáneo por lo que los resultados de la compañía estaban comprometidos a corto plazo. Compartí mi diagnóstico con el propietario: retener a los profesionales senior, saciar la voracidad de los profesionales júnior y hacer de todo ello una ventaja competitiva. El dueño me dijo que abordase el triple desafío. Le contesté que yo no era el Cirque du Soleil. Sonreímos y nos pusimos de inmediato a trabajar.


martes, 31 de diciembre de 2019

Ser y Parecer ¡un tándem perfecto!



Un joven con el que trabajo elogia la "consistencia" con la que escribo en las diversas plataformas (LinkedIn, Facebook, Email y Blog) y lo vincula a un branding poderoso. También me pregunta si considero importante crear un brand por el que se te reconozca. Este post es una reflexión que trata de responder a su pregunta.

Una parte de lo que mi joven cliente entiende por "consistencia" es pura disciplina y planificación. Disciplina porque mi lista de tareas cotidianas incluye la publicación de algún contenido relevante, interesante o disruptivo y al igual que el resto de actividades planificadas sencillamente ¡lo hago! 

Cuando viajo o tengo interminables jornadas en una fábrica tiro de "congelados", es decir, recurro a un stock temático construido con antelación para utilizar en los momentos de apuro (sequía intelectual o falta de tiempo). Lo normal es que tenga entre cuatro y seis posts breves congelados lo que me permite publicar algo casi todos los días de año.




En cuanto al branding (o proyección de marca personal) creo que es como la sombra: se deriva de manera natural de nuestro propio ser. En mi caso hay un puñado de temas que genuinamente me interesan  sobre los que leo, investigo, trabajo, contrasto, construyo y deconstruyo. Después de ese trasiego publico algo que me parece relevante, original o disruptivo. Imagino que eso va generando un algoritmo (en las tripas de Google) y va proyectando una imagen profesional que como un poliedro en parte me retrata.

Suponiendo que mi cliente tenga razón y la imagen que proyecto sea "consistente" no fue diseñada de antemano, ni tiene detrás un comunity manager ni un experto en contenidos. Pongo mimo en lo que publico pero no responde a un cliché prefabricado sino que me limito a publicar cosas que me interesan, que afectan a mis empresas-cliente o que pueden ayudar a un profesional con el que trabajo y por extensión a otros... Insisto en que el branding (tal y como lo entiendo) es como la sombra: una prolongación natural de tu ser.

Respecto a si conviene crearse un brand a la edad de mi cliente (incipiente veintena) creo que antes hay que construir una identidad: saber de dónde vienes, dónde estás y a dónde te diriges -en una palabra, quién eres- y clarificar a qué te quieres dedicar y (por lo tanto) cómo quieres que te reconozca el mercado. Primero ser y luego parecer (branding). 

Finalmente una pregunta: la imagen que compartas en las redes sociales a los veinte ¿seguirá siendo profesionalmente interesante para ti dentro de diez años? porque una de las características de la "consistencia" es que se mantiene en el tiempo... Siendo salomónicos te diría: conviene tener una marca por la que el mercado te identifique con un sector, una expertice o una habilidad... una marca profesional suficientemente potente para que permanezcas en la mente del los clientes potenciales y suficientemente abierta a posibles "actualizaciones" en las próximas décadas.