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lunes, 2 de marzo de 2026

Equilibrio sobre el abismo


Entiendo la vida como un ejercicio de funambulismo = búsqueda de equilibrio sobre el abismo. No siempre lo consigo. A veces caigo al foso, me levanto y engancho de nuevo la cuerda que une los extremos.  




Descalza, frágil, sola: así nacemos, así morimos. Quienes me conocen me atribuyen cualidades que no tengo (fortaleza ilimitada). Sigo sobre la cuerda con la mirada fija en el destino.


viernes, 23 de octubre de 2009

Silencio

Es viernes. Son las diez de la mañana. Estoy en pijama en el salón de casa. Veo la isla de Santa Clara, el Sagrado Corazón del Monte Urgull, el mar -bastante sereno- y la incipiente claridad del quinto día sin pisar las aceras. Llevo cinco días preguntándome cuál es el mensaje de mi afonía total. A estas alturas de la película de mi vida, sé con certeza que nada se produce porque sí. No había estado enferma -ni poco ni mucho ni nada- en los últimos siete años. Un ciclo, dirán los aficionados a la numerología. Vale. El caso es que esta mañana -tras el desayuno- me ha dado por coger un libro gordísimo de 707 páginas, Yo soy eso, de Sri Nisargadatta Maharaj (Bombay, 1897) y por abrirlo con el método zahorí: dónde caiga... dispuesta a descubrir su mensaje para este silencio obligado y reclusión que dura ya una semana laboral.


Me estaba perdiendo fuera: exceso de actividad, de palabras, de esfuerzo, de desgaste, de horas laborales, de voluntad, de riñones, de planificación, de estrategia, de marketing... De circo y noria.

Era urgente que me re-conectara dentro: en el lugar del que emergió con espontaneidad, frescura juguetona, alegría y entusiasmo a granel, las ganas de entrenar a las personas para un mejor vivir.

Y la manera más benévola que ha encontrado la vida para que me pare no es otra sino dejarme sin voz. No puedo trabajar. Fuera de servicio. Parón obligado. Dormir. Había sepultado en mí lo que siempre supe: uno planta la semilla y deja que el resto lo hagan las estaciones... Silencio para mi sistema nervioso central, mis cuerdas vocales y para mis tímpanos.


En la página 610 he hallado una idea que me gusta. Le preguntan a Sri Nisargadatta ¿Cuál es la señal del progreso espiritual? o -si me permiten la traducción simultánea- ¿Cuál es la señal de que uno está cumpliendo su misión, aquello para lo que nació? y el maestro hindú contesta: Estar libre de toda ansiedad; un sentido de alivio y alegría; una profunda paz interior y una abundante energía externa.

Tomo nota. ¡¡Que tengan un día pletórico de energía!!

jueves, 18 de septiembre de 2008

Despligue sus flaps

Acabo de llegar, agotada, del espigón de rocas que protege la playa de la Zurriola (San Sebastián) del envite enérgico del Cantábrico. Agotada porque me he aproximado en bicicleta hasta esa bellísima parte de la ciudad y, después, he profundizado a pie sobre los gigantes bloques de piedra unos... ¿trescientos metros? mar adentro: cantos afilados, agudos, altos, bajos, juntos, separados, mirando al cielo sobre el mar con riesgo de resbalar hacia el océano en perpétuo movimiento y lejos del mundanal ruido.

Les diré lo que he visto: surferos con neopreno de brillantes colores practicando una modalidad nueva en la que se alzan de pie sobre la tabla y con un remo avanzan hacia el horizonte, motos acuáticas, barquitos de pesca verdes y azules y lejos... un petrolero en dirección al norte. También he visto personas jugando a pala en la orilla del mar y algunos pescadores. Yo misma me he adentrado en el malecón con el pretexto de pescar y -de paso- he descubierto la conveniencia de desplegar mis flaps.
Hasta ayer no hubiera podido utilizar esta metáfora. Hoy, sin embargo, puedo hacerlo gracias a mi amigo Andrés -experto en aviones- quien anoche me explicó con primor, paciencia, pedagogía y esquemas la importancia de unas pequeñas piezas que se abren y cierran en las alas de los aviones y aseguran la sostenibilidad del aparato en el aire. Son piezas que, vistas desde el interior, en clase turista, parecen insignificantes y, sin embargo, resultan imprescindibles ya que al abrirse incrementan la curvatura interior por la que se desplaza el aire lo que hace posible un despegue o un aterrizaje seguros. De hecho, parece que una de las hipótesis que explicaría el reciente accidente aéreo de Spanair en la T-4 de Barajas sería el fallo de los flaps, literalmente en inglés: piezas de las alas de los aviones que simulan un aleteo.

Se preguntarán qué tienen que ver los flaps con mi aventura sobre el espigón marino de la Zurriola. La cuestión es que para avanzar sobre los gigantescos bloques de piedra encajados con desorden entre sí, lamidos por el mar noche y día, mojados y cortantes hay que desplegar las propias alas para mantener un mínimo equilibro, hay que aletear a ratos calculando peso, pendiente, resistencia, alcance de una ola, riesgo de resbalar sobre el agua, zancada para salvar un metro o más de distancia entre las piedras, altura de salto, flexibilidad de rodillas, tórax y, de nuevo, flaps, brazos, alas extendidas al viento del norte que hoy soplaba manso y saludaba a las estrellas que estos días nos visitan en el 56 Festival de Cine de San Sebastián.

Desde mi atalaya de rocas se veía el Kursaal, catedral del celuloide en la que durante unos días compiten películas variopintas de todas las nacionalidades. Desde mi atalaya de rocas se veía el Hotel María Cristina en el que se alojan estrellas como Woody Allen, Antonio Banderas, Merlyn Steep, Javier Bardem...

He extendido mis flaps al entrar al malecón... he extendido mis flaps al salir del malecón...ante la mirada atenta de las gaviotas que anuncian lluvia para mañana, que presienten la cercanía del otoño. Ellas sí que saben, y que pescan. Por cierto, yo he regresado a casa sin capturas. ¡Está difícil con marea baja!