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miércoles, 27 de octubre de 2010

Pisando charcos, al norte

He pisado 33 charcos de mediana profundidad para eliminar la arena de mis camper rosas de cordones grises. Antes, descalza, he saltado 33 olas disfrutando de un agua cuya temperatura resulta soportable a finales de octubre. Mientras paseaba por la orilla, ha caído txirimiri (fina lluvia del norte), calculo que habrán sido unas 33 gotitas diminutas porque apenas han dejado un registro efímero en mi Gudrum rojo talla small (impermeable de origen nórdico comprado hace dos años en Stuttgart). He tomado 33 sorbos de café en el Niza y un bloque de queso de cabra que recomienda mi homeópata bilbaíno. Calculo que habré estado leyendo unos 33 minutos en la mesa pequeña desde la que se ve el mar. He disfrutado mucho con la expertise de Iñaki Piñuel sobre el acoso moral en el trabajo, en los valores y en la vida. Aunque... tiene una visión tan reptiliana del ser humano ¡tan primitiva y rastrera! que he sentido 33 nauseas por la humanidad (en la que me incluyo ¡of course!).


El caso es que tras los 33 charcos he competido con unas gemelas de tres años que pretendían imitarme. Sus padres no han consentido y ellas han protestado ¡cómo corresponde! Después he llegado al despacho, he escuchado el contestador automático: 33 segundos de silencio y el mensaje de una Escuela de Negocios de Madrid que me invita a participar en su programa formativo con el temario que quiera, en las fechas que pueda. Con el auricular aún en la mano he mirado al techo (hay una telaraña en la esquina izquierda del fondo) para agradecer a los 33 dioses del Olimpo que sigan protegiéndome. Hay buena gente, Piñuel, no todo son psicópatas de poder, ni narcisistas retorcidos... Existen personas que ofrecen proyectos a personas en un silencioso reconocimiento de lo que hay, de lo que es. A 33 pasos del jardín zen del despacho, me apresuro a regar las plantas: el laurel que me regaló Andrés y mide ¡más de dos metros! el rosal enano cuyas flores se comen los caracoles, las azaleas que afortunadamente no les gustan, las camelias con 33 botones a punto de florecer, el tejo que me regaló Eli y ya tiene muchas bolitas rojas, y el acer japonés, la joya de la corona de mi jardín. Cae de nuevo fina lluvia refrescante, apenas 33 gotitas de txirimiri otoñal. Conecto con ustedes y escribo unas propuestas para la Escuela de Negocios, unos emails y este post. Tardarán 33 segundos en leerlo.

domingo, 24 de octubre de 2010

Tiburones

Trabajo con directivos de varias entidades bancarias, algunas vascas, otras no... Dirigen por objetivos de pasivo, de hipotecas, de fidelización, de volumen de negocio, de venta de seguros y ... hasta de vajillas.

Llegan al despacho textualmente "fritos/as" como pollos de cervecería: alto nivel de stress, inconmensurables esfuerzos para alcanzar la imposible rentabilidad que les marca su director regional quien -a su vez- es marcado (como en rúgby) por el director de zona quien a su vez... Permitan que respire porque me agoto tan solo con recordar la secuencia que se produce en cada entrenamiento con estos directores de sucursal.

Todo está cuantificado (a veces pienso que hasta las veces que respiran, tosen o se ríen porque acaso les rebaje el ratio de productividad para el bónus, o para el ranking en el que diaria o semanalmente (según las entidades) les catalogan como en la lista de Schindler.

Con el tiempo, estos tiburones macho o hembra se convierten en sanguinarios depredadores de sí mismos y de otros porque del resultado de la totalidad de su equipo depende la promoción propia... ¡claro que sufren! ¡claro que se agotan! ¡claro que duermen mal! ¡por supuesto que anhelan un tiempo mejor en el cada vez más alejado porvenir! Sin embargo, han caído en la trampa narcisista de la que habla Iñaki Piñuel (Universidad de Alcala de Henares) en el libro que estoy leyendo Liderazgo Zero (Lid Editorial). El foso consiste en obedecer órdenes de los superiores de manera casi ciega, robótica, hasta exprimir la última gota del zumo neuronal y de la resistencia física de los subordinados. Los directores de sucursal se convierten en autómatas vestidos con traje por fuera y con neopreno emocional y ético por dentro: todo vale al servicio de los objetivos que indica el superior.

Ahora resulta, sin embargo, que este sistema está dejando de dar resultados o -al menos- está dejando de ofrecer la excelencia cuantitativa de antaño. Leo en Negocios a Iván Martén (The Boston Consulting Group) quien afirma que junto a la dirección por objetivos cuantificables hay que aplicar un enfoque cualitativo en el que se precise la forma (a poder ser ética y humanista) de lograrlos.

En una idea: pasar de la dirección por objetivos que puso de moda el austriaco Peter F. Drucker (uno de los padres del management) a un nuevo modelo de gestión que incluya variables como la innovación, los procesos, el desarrollo directivo, la actitud de los trabajadores y la responsabilidad social de la empresa. Para quien no haya leído sobre ello, algo muy cercano a la ética.