Todo empezó con La Pequeña Vendedora de Fósforos hace...¡tanto tiempo! Él me contaba aquellos cuentos de Hans Christian Andersen sentado en el quicio de la puerta de mi cuarto justo antes de que me durmiera. Solía estar muy cansado y sin embargo su voz de barítono sonaba potente, entonada, acorde con el texto triste o alegre que me leía. Me encantaba escucharle.
Él sentado sobre la pequeña silla de mimbre que tanto le gustaba y yo, bien arropadita, en la cama dispuesta a dejarme llevar por la imaginación de aquellos relatos infantiles. Un gran hombre, un gran cuento. Mi padre y La Pequeña Vendedora de Fósforos. Ya no están físicamente y, sin embargo, me acompañan.
Ayer fue Nochebuena y ya saben que el cuento de Andersen se desarrolla en esa noche especial en la que, en la calle, la niña-vagabunda va encendiendo una a una las cerillas para protegerse del frío, de la nieve, del hambre, de la soledad, del abandono. Fósforo a fósforo ilumina su noche y cada fogonazo le permite imaginar escenas de abundancia, de calor, de compañía y de su dulce y amorosa abuelita fallecida quien finalmente viene a recogerla para llevársela al mundo algodonoso del otro lado del telón.
Cada fogonazo representa un segundo de luz en la negrura. Cada fósforo es la visión de un sueño que promueve la esperanza. Cada cerilla es el latido alegre de un corazón confiado. Cada fósforo desvanece los frágiles velos que separan diversos mundos paralelos. Cada cerilla es una llamada rotunda del imaginario colectivo para transformar realidades latentes en realidades concretas.
Todo comenzó con aquella historia. Yo lloraba al término de cada relato aún cuando conocía su triste final. Me apenaba la niñita (que hubiera podido ser yo misma) me dolía la indiferencia de los transeúntes que en Nochebuena pasaban anodinos a su lado sin verla, sin reconocerla, sin consciencia de la pequeña vendedora, de sus carencias, de su precariedad, de su abandono. A ese "ver" los yoguis lo llaman Námaste que significa un reconocimiento sagrado a la identidad profunda de cada ser humano.
Con cada lectura yo volvía a creer con todas mis fuerzas que La Pequeña Vendedora de Fósforos alcanzaba, realmente, cerilla a cerilla, su cuota de felicidad posible. Me ilusionaba, lo creía firmemente (con esa ingenuidad que no deseo perder) y cuando mi padre llegaba a la parte final del cuento (que en verdad yo recordaba bien) volvía a llorar decepcionada como si, una vez más, el mundo hubiera vuelto la espalda a la amabilidad, a la consciencia (Námaste) y a la solidaridad.
Pasaron 35 años antes de que yo conectase con el Coaching, ustedes ya lo saben, esta emergente profesión en la que, sesión a sesión (chispazo a chispazo), se va iluminando el territorio de la consciencia y de los sueños para transformarlos en realidades objetivas de este lado del telón.
Todo comenzó con La Pequeña Vendedora de Fósforos hace... ¡tanto tiempo!