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jueves, 23 de diciembre de 2010

Blanca Navidad

La Navidad era blanca, o al menos el árbol de navidad de aquella familia rara. Lo colocaban en el amplio hall de la casa junto a un taquillón amarillo y dorado (orgullo de la madre) que a mí, ahora, me hubiera parecido extravagante. La prima Marisa -soltera recalcitante experta en manualidades- aparecía exacta como un reloj el día 23 de diciembre por la tarde y las cuatro hermanas nos poníamos a construir "centros de mesa" y adornos con piñas -que pintábamos de purpurina- cerezas artificiales y ramitos de pino natural. Volcada en la tarea, a mis ocho años me sentía importante, como si mi contribución a la fiesta navideña resultase trascendental. Ahora me doy cuenta de que era la manera de que las niñas estuviéramos entretenidas mientras mi madre cocinaba su tradicional y exquisita sopa de pescado, pelaba los mariscos, limpiaba el besugo -que hacía las delicias de los comensales- y ponía en fuentes coquetas los turrones, el jamón de la viña, el paté, los espárragos gordos y otros manjares de época. A veces venía la abuela cuyo peinado me hacía reír porque tenía tan poco pelo que las horquillas apenas podían sujetarse entorno a lo que ella pensaba que era un moño. Con tanto niño y tan poco adulto terminábamos las veladas jugando a la oca, al parchís, a los Juegos Reunidos Geyper -una caja enorme de casi un metro de largo por medio metro de ancho que habían traído los Reyes Magos "porque yo había sido buena"-.

Hoy he sentido un puño de nostalgia en el estómago recordando el árbol blanco, el taquillón amarillo, la prima Marisa y las niñas que ahora tenemos el escaso pelo de la abuela. Ya no disfrutamos de los Juegos Reunidos Geyper y nadie hace aquella deliciosa sopa de pescado ;-(