Constato que la ciudad florece en arbustos, jardines y macetas y que las personas que la habitan hierven con actividades y proyectos. En la playa, varios equipos infantiles compiten al fútbol cada sábado. En El Atlético, entrenan. En la Caseta Real, proyectan piraguas hacia el mar mientras las traineras compiten al mediodía y el carril de bicicleta bulle como un puchero con patinadores y ciclistas.
Paseo y repaso mentalmente algunos casos de la semana: personas que reaccionan de diversas maneras ante los inherentes cambios de la vida. Los menos los aceptan y se predisponen raudos a lo nuevo; la mayoría se resisten cuanto pueden pagando una innecesaria cuota de sufrimiento; los más reaccionarios niegan la evidencia de los desafíos que les muerden los talones. Es el caso de una directiva del sector financiero con la que trabajé ayer.
Pensando en ella alcanzo la cima del monte Urgull, y no puedo evitar la imagen metafórica de Rómulo y Remo ¿se acuerdan? los dos gemelos encargados de crear la ciudad de Roma allá por el siglo VIII antes de Jesucristo, colgados de la esférica teta de una loba.
Con frecuencia tropiezo con personas para quienes la vida es pedir, recibir, exigir y demandar. Inconscientemente sienten el mundo como una ubre. Reciban lo que reciban de la existencia, nunca parecen saciar su hambre de protagonismo, afecto, atención, de reconocimiento: hombres y mujeres que se han quedado en lo que el análisis transaccional considera la posición del infante: dame-dame-dame. No quieren alcanzar la adultez de llenarse a sí mismos, ni -por lo tanto- es previsible que evolucionen hacia el dador-colmador de las necesidades de otros.
Lo curioso -o desesperante según queramos verlo- es que lejos de estar satisfechas estas personas sufren y caminan por los senderos laborales y personales con el talante de lánguidas víctimas y la queja ácido-tóxica a flor de piel. Hartan un poco, la verdad, o un mucho porque se produce un cierto desequilibrio entre su realidad objetiva (trabajos solventes, casas en propiedad, parejas, hijos, vacaciones...) y su percepción subjetiva y lastimosa. ¡Claro que casi todo depende del color del cristal con que se mire! Mi propuesta de hoy no es comprarse una lupa, unas gafas de colores o la llamada escafandra del optimista. Mi propuesta consiste en que probemos a dar, dar, dar, a chorro... Acaso de esta manera asumamos el papel protagonista que nos corresponde como adultos, acaso nos sintamos más satisfechos y acaso podamos dejar atrás a Rómulo y Remo en el lejano siglo VIII antes de Jesucristo considerando el mundo algo más que una esférica teta de la que colgarse.
