Puesto que estamos hechos de la misma materia que las estrellas (Sagan), es comprensible el anhelo de convertirnos en dioses. Y de entre las mil ventajas que conlleva ser un dios, hay una que -para mi- se alza sobre todas las demás: la capacidad de evitar el declive de quienes amamos, entiéndase desánimo, enfermedad, envejecimiento y muerte. La muerte acaso sea lo de menos porque en verdad lloramos por nosotros, los que sobrevivimos a la ausencia irreversible del otro. Sin embargo, el paulatino deterioro nos confronta con la tristeza del ser que conocimos y ya no es, de la fuerza que conocimos y ya no está, de la belleza que se marchita... Y aunque desde el nacimiento sabemos que somos mortales, cuán duro es verlo en el otro intuyendo, a su vez, que lo que descubrimos no es sino un espejo de nuestra propia evanescencia.
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miércoles, 20 de octubre de 2010
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