Incruenta batalla perdida de antemano contra el Tiempo. No respeta stop alguno. Tocata y fuga del Tiempo mientras Lolita observa. El Tiempo es lo que me tiene contra las cuerdas en el ring del día a día: combato, aflojo, descanso, me situó, reflexiono, vuelvo a combatir, aflojar, descansar, reflexionar, a resituarme en la batalla perdida de arañar minutos a los segundos. Imposible, lo sé y sin embargo... Poético, no se entiende, vale. Ya les he dicho que estoy disparada y las emociones al pil pil golpean través de los dedos el teclado. Mi compañero de despacho ya se ha reído dos veces (me conoce, y sabe que cuando escribo enérgica y ruidosamente hay marejadilla en altamar así que se mantiene silencioso y cauto no sea que el fogonazo explosivo del trueno le alcance).
Sostengo un combate cuerpo a cuerpo con el Tiempo. En un corner él y en el otro yo. Creo que combatimos en la categoría de pesos wélter (intermedios) ya que hace años que dejé de tener la figura de una pluma... Me gana siempre y acaso esto sea lo que tanta desazón me produce. Mi intelecto reconoce que es un combate perdido de antemano: el Tiempo sabe de nuestro comienzo en el planeta, de nuestra evolución hacia la decrepitud y tal vez hasta la fecha de caducidad. Él lo sabe todo y nosotros sólo podemos hacerle el juego durante un rato, cuan sparrings... Mi mente lo sabe pero no acepta: se rebela contra ese dominio omnipotente de reglas conjugadas sin consenso.
El Tiempo me muerde, me aprieta, marca el ritmo de la comba cotidiana: salto, me desgasto, respiro, decido que él no manda en mi vida, cojo las riendas, me aferro a la agenda, coloco sobre la mesa el reloj de arena que pauta visualmente las horas, pido una tregua. Nunca afloja. Se ríe. Aguarda agazapado en el corner del ring, se hace el distraído y comienza a dar saltitos con renovadas fuerzas. Incansable, imbatible. Él es eterno y yo mortal. El perdura y yo me desgasto. Y más allá de todo ello la cuestión del máximo aprovechamiento de cada instante que estemos vivos, sanos y cuerdos sobre la faz de la tierra. Por eso me rebelo: ante el tormento de que no siempre destino mi preciado tiempo (ni el de otros seres) a lo más sagrado. Otro día hablamos de qué es lo más sagrado. Cada cuál tendrá su respuesta y acaso en ello radique la clave secreta del vivir.
