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miércoles, 18 de agosto de 2010

Te añoro

Llevábamos tanto tiempo juntas que nos dábamos por descontado, como las parejas de largo recorrido. De pura cercanía, no alcanzábamos a ver la singularidad de la otra. A diario paseábamos kilómetros por la bahía, fuimos envejeciendo al unísono, y aprendimos a tolerar las torpezas de la otra, igual que dos gemelas que ven en el rostro ajeno la arruga propia. Eso nos gustaba: estábamos cómodas aún en los defectos e imperfecciones que sólo se descubren en la convivencia. Entre nosotras había poco glamour y mucho realismo, complicidad y entrega, hasta que un día desapareciste sin decir nada. Te busqué por las calles que solíamos transitar, susurré tu nombre a los caminantes que me tomaron por loca, ofrecí recompensas para saber de ti y alerté a la policía que miró hacia otro lado con desidia. Nadie tomó en serio mi tristeza y argumentaron que eras sólo una vieja bicicleta. ¡Qué sabrán ellos de nosotras!

No renuncio a encontrarte allá donde estés, con quien estés: como un amor despechado, acecharé noche y día entre los ciclistas de la ciudad, olisquearé las esquinas, registraré los aparcamientos del Boulevard, de La Concha, de San Marcial, mi calle, donde tantas y tantas veces me esperaste a la salida del despacho con enorme paciencia, aligerando mi cansancio de regreso a casa, tarde, con lluvia o frío. Recias y juntas.

Trek 730, una gran bicicleta verde botella que alguien me ha robado llevándose consigo el recuerdo de la tienda en la que la compré, varios accidentes provocados por terceros, cambios de ruedas y de frenos, un timbre redondo y oxidado. Si es cierto que eres un saldo de bicicleta, que tu valor de mercado es casi nulo ¿por qué te han separado de mí? ¿para qué?

Absurdas paradojas. En casa, ante mi disgusto, me han recordado que suelo hablar del desapego budista, de la necesidad de practicarlo para no sufrir, para incrementar la libertad y la independencia. Tienen razón y -sin embargo- te añoro. Te añoro con toda mi alma vieja amiga.