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viernes, 7 de agosto de 2009

Amor por Berlioz

Anoche tuve mi momento de gloria. No fue leyendo un libro de la colección "la sonrisa vertical", ni paladeando profiteroles de La Fábrica (uno de mis restaurante favoritos en la zona antigua de la ciudad) ni siquiera contemplando el rojizo atardecer en la bahía. Fue con Berlioz cuyo trabajo me fascina. La verdad es que me hubiera encantado estar con él en persona. Hubiera podido explicarme qué sueña en sus "ensueños y pasiones", con quién baila en "baile", dónde transcurre la "escena de campo", cuándo ocurrió la "marcha al suplicio" y, finalmente, con quién vivió el "sueño de una noche de aquelarre". Sinfonía Fantástica Opus 14.

Difícil -lo sé- porque Berlioz vivió entre 1803 y 1869. Hace tiempo que nos dejó y sin embargo anoche llenó por completo de música el Kursaal de San Sebastián. Ni una butaca libre para escuchar su composición interpretada en la segunda parte del concierto de la West-Eastern Divan Orchestra, dirigida por Daniel Barenboim: un centenar de jóvenes talentos musicales palestinos, árabes e israelíes. La pieza es como un gran muestrario de lo que puede ofrecer la música clásica y orquestal: repertorio de viento, cuerda, metal y hasta timbales en su máximo esplendor. Lástima el señor Baremboin que... déjenme -por favor- decirlo de golpe: está en un mal momento. Claro que es un emperador mediático, claro que vende sus ideas en los aterciopelados salones diplomáticos de Rabat a Ramala pasando por Chicago o Weimar, claro que es un mago de la política, claro que -para la música- está dotado de la genialidad de un dios del olimpo. Sin embargo, está en un mal momento personal.

Sus ojos muertos, su piel cetrina, ni una sonrisa en las dos horas largas de concierto, ni siquiera una mueca de agrado. Sus gestos medidos, repetitivos, cansados. Sin duda el señor Barenboim está agotado a sus 67 años habiendo comenzado su carrera musical a los 10. Sin duda está de vuelta de muchas batallas personales, familiares y profesionales. Podemos entenderle porque la mayoría del público de los conciertos de clásica supera los...¿cuarenta años? por ser bondadosos... más bien 50-60... Aduriz -el cocinero- estaba a mi izquierda y creo que está en la cuarentena, Odón Elorza, el alcalde de San Sebastián, estaba dos filas más abajo de la mía y anda por ahí,en fin...

No es eso lo que explica que esta en un mal momento, sino el hecho de que trata a sus músicos como a esclavos del medievo: con látigo, bajo el impulso congelante del terror. Ayer estuve un ratito en el ensayo previo al concierto: ¡tenían que escuchar qué alaridos, qué gestos déspotas, qué amenazas! Verán, ustedes no lo saben pero muchos de esos jóvenes músicos están en la Divan por devoción hacia la idea original (convivencia pacífica entre árabes e israelíes) pero son músicos titulares de las mejores orquestas europeas, es decir, son profesionales adultos y, sin embargo, callan, aguantan y se fosilizan ante la tiranía del miedo.

Alguien que ha perdido el respeto por los demás, la compasión, la calidez de una sonrisa, la complicidad ante el trabajo bien hecho, la emoción ante la belleza musical y ante el aplauso entregado del público ¡está plof! Así de simple. Lástima porque -insisto- es uno de lo grandes por su genialidad musical. ¿Ego? ¿Fiebre de poder? ¿Soberbia? ¿Mundanal ruido? Todos estamos expuestos a estas miserias. Permanezcamos atentos: la vanidad acecha.

lunes, 9 de febrero de 2009

Mota de polvo en el Universo

Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Total... para terminar (en el mejor de los casos) emulado en forma de estatua con una paloma viva y aleteante en la cabeza. En sus viajes por todas las ciudades del mundo... ¿Se han fijado que casi todas las esfinges nobles poseen su correspondiente paloma adherida a la cocorota? Hoy quiero que pongamos juntos la mirada en la Schlossplatz (plaza del castillo nuevo de Stuttgart) y en Christopher... un noble que sirvió a Alemania y al Kaiser allá por el lejano 1556. El pobre... ¡tantos desvelos y esta mañana me ha entrado la risa al verle el sombrero cuajado de excrementos de ave!


Acaso sea útil pararse un momento y mirar hacia dentro. Allí -más evidente que oculto- hallaremos agazapado a nuestro Ego: en unos grande, en otros enorme, en todos presente. Ese Ego inflado como una palomita de maíz que nos hace, a ratos, pensar o sentir que nosotros y nuestras preocupaciones somos el centro del mundo ¡qué digo del mundo! del universo entero y sus galaxias imaginables. Tendemos a imaginar que todo gira entorno a ese diminuto foco de atención que constituye nuestra limitada consciencia.


No entiendo porqué hay gaviotas en la ciudad más alejada del mar de toda Europa. ¿Qué hacen aquí? Imagino que es divertido atormentar a Christopher y a algunos otros nobles convertidos en estatuas y no precisamente de sal... Sin embargo, me gustaría conocer las razones de un biólogo. En fin están aquí y se pelean con palomas, gorriones, petirrojos, zarapitos, patos y cisnes por las miguitas de pan que les llevamos los turistas. Tenían que verles arremolinados en la esquinita del lago que no está helada, en el único corner en el que da el sol un ratito al mediodía, cuando sale. En el resto, el agua congelada aguanta el peso de un adulto. He hecho la prueba y ¡resiste! (Ver foto en el álbum Picassa).


Apelo hoy a la humildad entendida como capacidad de jugar, de admitir que se está equivocado, de pedir disculpas o perdón, de escuchar a los demás y de pedir ayuda, según definición del fantástico libro que me regaló mi amiga Marta (En busca de los mimos perdidos, de Cesare Giacobbe).


Apelo a la humildad, en primer lugar a la mía. Apenas somos una mota de polvo en el cosmos. Es algo que percibo con nitidez (que siento profundamente) cada vez que viajo en avión. Siempre pido ventanilla y desde los diez mil o más metros de altitud una persona -incluso el mismo Christopher de bronce- parece menos que una pestaña. Piénsenlo: una pestaña.