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domingo, 24 de agosto de 2025

¿Cuál es el grosor de tu armadura?



Brené Brown nació en el estado norteamericano de Texas hace cincuenta y nueve años. La capital de Texas es Austin (en la fotografía). La investigadora y escritora no da clases allí, sino en la Universidad de Houston donde sus alumnos -al igual que los asistentes a sus charlas y formaciones- ríen tanto como lloran, expresiones de "vulnerabilidad", principal aportación conceptual de la docente.




Brené Brown ha publicado ocho libros que han sido traducidos a más de una veintena de idiomas y ha conseguido un impacto social y mediático relevante tanto en individuos como en equipos y organizaciones. -Tres de sus publicaciones han alzado con el número uno en el New York Times Best Sellers-. 

Trabaja con directivos de Silicon Valley lo que le permite calibrar el grosor de la armadura que portan los profesionales de élite un tanto asustados ante las emociones propias y ajenas. 

La armadura busca proteger pero aisla. La armadura huye del dolor pero lo provoca. Brené Brown explica los sofisticados mecanismos emocionales, conceptuales, arquetípicos, psicológicos y sociales que integran la "vulnerabilidad" en un documental de Neflix que dura 80 minutos.

Merece la pena escuchar la totalidad de la película ya que la speaker encadena anécdotas personales con datos estadísticos y apelaciones a una audiencia fascinada por el carisma de la ponente. 

Quienes no dispongan de tanto tiempo y quieran asomarse directamente al contenido empresarial pueden ver el vídeo del minuto 56 al 80 donde la experta define la "vulnerabilidad" como incertidumbre, riesgo y exposición emocional. 

En el documental Brené Brown recuerda los devastadores efectos de los líderes que no abordan "conversaciones difíciles" porque les resultan incómodas (se sienten vulnerables) y alerta: "... si no estás dispuest@ a fracasar no podrás innovar...".


lunes, 4 de septiembre de 2017

Bajo Sock



Nada más salvaje que lo cotidiano. Sometidos a todo tipo de impactos on line, y acostumbrados a vivir cuan avatar, nuestros sentidos confunden la frágil frontera entre lo real e imaginario. Y claro, tendemos a deslizarnos del lado de lo ficticio porque ofrece el dulce consuelo de saber ¡que no es real! y no alcanza nuestra alma en tránsito hacia algún otro lugar...

Pero nada es más brutal que lo cotidiano, ni más sobrecogedor que lo que acontece en la acera de tu propia calle.




En el garaje de casa se ha producido una inesperada conversación con unos vecinos a los que saludo desde que vivo en San Sebastián (2002). El diálogo se ha prolongado durante diez minutos y en ese tiempo ha alcanzado una desnudez conmovedora.

Se han arruinado. Tras diversos acontecimientos adversos y un butrón en el negocio familiar, lo están pasado mal. A las zozobras económicas se suman un cáncer reciente en la mujer, y un derrame cerebral en el hombre que (afortunadamente) no le ha dejado más secuelas que el susto y la consciencia de la fragilidad humana. Las desgracias han sacudido sus cimientos y hecho tambalear la esperanza en el porvenir, mientras la vejez avanza ajena a todo argumentario.


No es una pareja con la que haya convivido especialmente en el pasado. Ni son amigos, ni hemos compartido mucho más que un ¡buenos días! y ¡hasta luego! y -sin embargo- su tristeza me alcanza de lleno porque no se puede ser feliz si a tu lado alguien sufre con un dolor transparente y radicalmente humano. Nada me han pedido, pero ya he pensado cómo contribuir a su momento. Se lo cuento otro día, ahora me siento un poco plof.