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viernes, 5 de junio de 2009

Intimidad

La aguja pequeña en las 8 y la grande sin alcanzar aún las 12 en el pequeño reloj de la cocina. Suena el teléfono fijo. Suelto aceleradamente el cuchillo untado en mantequilla, desplazo el croissant de la bandeja, salgo disparada hacia el salón y una voz extranjera me pregunta (sin darme los ¡Buenos días!) si soy Azucena Vega; no, en realidad dice: Doña Azucena Vega... cosa que me repatea, el Doña... y dice hablar en nombre del Citi Bank.

Miro por el ventanal del salón que da al mar, cojo un poco de aire y le pregunto quién es a lo que vuelve a responderme que llama del Citi Bank para ofrecerme productos y servicios (que no he solicitado, por supuesto). Le digo si sabe la hora que es y dice -con un tono muy impertinente- que ¡por supuesto!

Vuelvo a otear el horizonte. Hay bruma en la bahía. No puedo creer que me esté pasando algo propio de una película de Woody Allen. Tomo aire. Bastante enfada le digo que esa llamada sería motivo de una denuncia, que son apenas las ocho de la mañana, que mi familia duerme en este instante (llegaron anoche de Oslo), que se identifique y que respete la intimidad de mi hogar.

Unos instantes de silencio y de nuevo en acento extranjero me pregunta si soy Azucena Vega, perdón, Doña Azucena Vega, algo que -como les digo- me repatea...

Otro minuto de silencio. Un pesquero sale del puerto de San Sebastián a faenar mar adentro en aguas del Cantábrico. Respiro un instante y le pregunto si me ha escuchado lo que le he dicho. De inmediato me contesta que no le importa en absoluto. Sí, como lo leen, textual: no le importa en absoluto.

Ni en una de Woody Allen. Mundo desquiciado ¿dónde está el derecho a la intimidad? ¡Por Dios, estoy en mi casa, en pijama, tostando el croissant, suenan ocho campanadas en el reloj de la iglesia de la calle Matía! ¿Y la dichosa ley de protección de datos?


Le dijo un ¡Buenos días! que si fuera una bala iría directa a la sien y cuelgo. ¡¡Que indignación!! Retomo el aliento, la mermelada, la mantequilla. Se levanta mi hija, hecha polvo: ha dormido cinco horas y le ha despertado el ring ring de una desaprensiva que trabaja para el Citi Bank. Indefensos. Vivimos indefensos.

miércoles, 21 de enero de 2009

¿Qué es lo esencial?

Tres en uno.
Este mediodía he terminado mi jornada matutina un poco refunfuñona. Varios proyectos pendientes (vivos como una ameba en alta mar) cambian de perfil cada media hora lo que exige atención, centramiento, cintura, dedicación y tiempo. Time is gold (el tiempo es oro) ya lo dijo el poeta. Agradecida por lo que la marea existencial va trayendo a mi despacho, a ratos, sin embargo, se colapsa la estructura productiva cuando se agolpan en un "cuello de botella" algunos procesos en marcha, otros incipientes y aún terceros en la incubadora de los sueños posibles.

Tres en uno.

Al mediodía estaba un poco contrariada conmigo misma (a estas alturas de la película tengo bien integrado lo absurdo que es desperdiciar energía culpabilizando a las circunstancias/personas que se cruzan en el día a día). La responsabilidad de lo bueno y de menos bueno me corresponde. Así que sin tener un puchingbol en el que descargar el cri cri de la queja del grillo he tomado un autobús camino de casa (4 grados, viento, lloviendo, imposible hoy en bicicleta).

Al llegar a mi parada, uno de tres: una mujer de mediana edad, ciega, silenciosa, armónica en su movimientos me ha dicho (sin decir) que le ayudara a bajar del autobús y a cruzar la carretera al otro lado de la acera. Más tarde, a menos cien metros del portal de mi casa un hombre y un bastón a solas por la plazoleta en línea recta hacia la fuente... ¡Guaggg! Allá me he ido rauda como el viento al rescate de un golpe seguro.


Al comienzo de la jornada de tarde tres de tres: un niño rubio, bajito, con un perro, a solas por la Avenida de la Libertad, una de las principales arterias de la ciudad. Llovía. Él sin paraguas, con una chamarra negra y unos pantalones beige. Con la cabeza totalmente volteada hacia el suelo (imposible verle la cara) el muchacho iba con un perro amaestrado pero daltónico ya que no distinguía los colores de los semáforos.


Primer round... el muchacho ha tirado de su perro para avanzar juntos en un paso de cebra cuando el semáforo estaba rojo para los peatones y pasaba justo un autobús. Del alma me ha salido un - ¡Nooo!! Está rojo. Dueño y perro clavados en la acera: esta vez a salvo. Mi corazón no ha podido desasirse de la pareja y más adelante -en otro cruce- segundo round: el muchacho y el perro se han parado ante la ausencia de ruido de vehículos cuando el semáforo estaba verde para los caminantes. - ¡Adelanteee!! Está verde les he dicho. Después he seguido mi camino hacia el despacho, menos refunfuñona que este mediodía, más ligera y agradecida a la vida.


Tenían que haber visto a la pareja del niño y el perro ¡qué sensibilidad! ¡qué acompasamiento! ¡qué escucha de alta calidad a toda clase de sonidos! ¡qué vulnerabilidad extrema! y qué coraje para seguir su camino a pesar de...


Tres ciegos en un día en una pequeña ciudad al norte, con apenas doscientos mil habitantes. Cualquier dificultad de esta tarde me parecerá abordable. Cualquier retraso aceptable. Cualquier negativa un juego de azar. Cualquier incompetencia... humana. Cualquier demanda una bendición.