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sábado, 1 de agosto de 2009

Mundo de saldo

El primer día de agosto las tiendas que estaban abiertas en la city (Bilbao) lo tiraban todo por la ventana: Springfield ofrecía montañas de pantalones, shorts, camisas y jerseys por 3´95 euros. Cortefiel ofertaba su mercancía al 70%. El Corte Inglés era hoy el paraíso de las gangas: las prendas que ya estaban al 50%, eran hoy rebajadas en otro 20%.


Pocas personas deambulábamos hoy por la city: es puente tras la festividad ayer de San Ignacio. Muchas de las fábricas de producción han cerrado y por tradición agosto se anuncia como mes vacacional. Pensando en ciertos compromisos laborales, he hecho acopio de ropa de marca. Nunca compro en Purificación García aunque me fascinan sus tejidos nobles, el corte de sus vestidos, los cinturones de ante, el diseño upper class. Hoy estaba todo al 30% de su tarifa habitual y aún así es dinero... ¡imaginen cuán inabordable resulta a su precio! Gustazo por un día sentir que casi todo está a tu alcance. Casi... porque la talla 38 sigue sin encajarme y los vestidos sin mangas no me favorecen y los pantalones me arrancan suspiros de penita, pena.


Tintoretto accesible hasta en blazers y trajes. Burberrys, Ralph Lauren, Pertegaz, Emidio Tucci... en montones, a granel... ¿se lo imaginan? Por un día, el mundo ha girado del lado de lo posible poniendo al alcance de cualquiera tesoros que no han vendido en temporada. "No hay mal que por bien no venga" -decía mi abuelo Luis (buen conocedor del sabio refranero español). Por un día, el mundo ha girado del lado de lo posible ;-D

sábado, 18 de julio de 2009

Escena de verano

Estoy en la mes número seis del restaurante Irutxulo. He llegado hasta aquí a pie desde el despacho ya que este mediodía carezco de tiempo para ir a comer a mi casa. Mientras espero que el camarero vaya trayendo el pan, el rosado de Navarra y el primer plato observo al resto de comensales.

Al fondo de mi visión, junto al ventanal de la entrada, hay dos parejas de sesenta y muchos años. Ellas parecen clónicas: las dos con permanente, blusa festiva y paraguas plegables escoceses colgados junto al bolso en el respaldo de la silla. Ellos parecen clónicos: calvos, con enormes barrigas y gafas. Bueno, observo que en verdad los cuatro llevan gafas. No paran de comer y de untar ¡qué fruición al engullir, qué barbillas tan grasientas, qué servilletas colgadas del primer botón de la camisa! Tras el postre, el café y el puro aún han encargado algunas copas. Gula en estado puro. Antes de abandonar el restaurante ellas han ido al cuarto de baño juntas y se ha retocado el carmín de los labios. Uno de los hombres ha seguido sus pasos, les aseguro que no podía casi andar: parecía llevar plomo en los zapatos y su abdomen para si lo quisieran algunas embarazadas a punto de alumbrar.


En la mesa número cinco (justo delante de mi) dos hombres -ambos riendo muy alto y estridente- uno blanco y otro negro y menudo con una dentadura perfecta. En la mesa cuatro, a mi derecha, dos gays que se atusan las manos el uno al otro entre bocado y bocado. Mientras esperan el segundo plato el más robusto sube el pie descalzo hasta la rodilla del otro por debajo de la mesa. Hablan inglés y de vez en cuando ojean la guia Spain y el mapa de San Sebastián que amablemente les habrán entregado en la oficina de turismo del Boulevard. Beben mucho... una garra gigantesca de sangría a pesar de que hoy la temperatura apenas alcanza los 18 grados y llueve con ganas.


A mitad de mi segundo plato entran dos chicas caladas hasta los huesos. Hablan alemán, llevan chanclas, pantalones cortos y dos mochilones más grandes que sus espaldas. Son rubias, altas y en un español de academia piden "dos tés verdes, por favor". También sacan el mapa de la ciudad y le preguntan al camarero (otra vez en castellano) ¿dónde estamos?


La tercera mesa está vacía.
Entra en el restaurante un vendedor de lotería "Los 9.000 millones" que va de mesa en mesa y se para justo delante de la que me precede (donde comen el chico negro y menudo y el otro más fornido que me da la espalda). Les ofrece lotería que rechazan. Les mira un instante con descaro y le dice algo al chico de color que se ríe a carcajadas y se mueve. Después, el de la lotería le hace un gesto obsceno y erótico... el negro dice que sí, saca un papel y un bolígrafo y le anota algo... ¿un teléfono? ¿una dirección? ¿su dentífrico favorito? Llega mi postre. El vendedor de lotería ha recorrido el enorme establecimiento mesa por mesa. Regresa a la que me precede. Se para de nuevo. Le dice al negro: "Te llamo, pero sin cobrar ¿eh?" y se marcha del local. Lujuria en estado puro.

Todo esto en veinte minutos, en el número nueve de la calle Puerto (el centro de la ciudad) a las tres de la tarde de un viernes cualquiera de este verano. Pido la cuenta. Me siento a cuadros, más que los que tiene el mantel sobre el que el camarero deposita el ticket. Salgo a la calle, llueve... voy sin paraguas, con mi impermeable rojo de la marca Noruega de la que les hablé. Necesito refrescarme. ¡No puedo haber vivido esta película en una calle céntrica y un restaurante de menú de 34 euros en pleno verano, al mediodía! Regreso al despacho. Espero a un equipo. Coloco las sillas en el despacho central, los folios, los bolígrafos y los post it. Recuerdo aquello que me enseñaron de pequeña: Los siete pecados capitales. Hoy me he topado con dos: la gula y la lujuria. Llaman a la puerta. Respiro.

sábado, 9 de mayo de 2009

Un par de zapatos

Antes de avanzar en la lectura de este post... Por favor -si están en casa- acerquense hasta el armario donde guardan sus zapatos y cuenten los pares. Espero aquí sin moverme hasta que vuelvan. 000000000000000000000000000000000000000000000000000

Vale... ¿Cuántos? Empezaré por mí: dieciséis pares de zapatos si incluyo las chanclas de piscina, las botas de monte, las zapatillas de estar en casa y los de vestir en mejor o peor uso. Es cierto que cuido de maravilla mis complementos. Es cierto que algunos pares tienen... ¿diez años? Es cierto que otros los adquirí a la mitad de su precio en el último coletazo de las mejores rebajas y no es menos cierto que tengo dos pies y ahora mismo dieciséis pares de zapatos. Una sobredosis de opulencia y -acaso-de frivolidad.

Una amiga muy enrollada y controladora de internet me decía ayer que podíamos comprar unas deportivas nuevas de la marca Lacoste por 5 euros en una página de outlet de las muchas que ella controla. Le dije: "No, gracias" al acordarme de la inflación de zapatos de mi armario.

Esta mañana -limpiando el polvo- he conectado con la fotografía de mi abuela situada en la zona más alta y central del salón de mi casa. Ella me regaló los mejores zapatos que tenido en mis cinco décadas de existencia. No era para menos ya que se trataba del regalo "de los Reyes Magos" de una niña de unos... diez años. Increíble pero cierto: a esa edad yo aún creía en Melchor, Gaspar y Baltasar. E increíble pero cierto: aquellos zapatos me fascinaron durante infinitas tardes cuando -merienda en mano- me paraba ante el escaparate de La Palma -en la calle Correo de mi Bilbao natal-. Pegaba la nariz al escaparate y me dejaba fascinar por aquella hebilla lateral, por aquella piel de cocodrilo en tonos marrones y claros... Eran tan caros que resultaban inaccesibles para mi familia.

Ya entonces yo no aceptaba un "No" por respuesta así que busqué la solución escribiendo a los Reyes Magos y eché mi carta en el buzón que instalaban a tal efecto delante de unos grandes almacenes. Les daba todo tipo de detalles para que pudieran encontrarlos: de cocodrilo, en tonos marrones y claros, del 36 y -por supuesto- con hebilla lateral. La verdad es que ellos (a pesar de ser unos impostores -como me enteré unos meses después-) trajeron los zapatos de mis sueños.

No puedo explicar la sensación de verlos sin que mediase el cristal del escaparate, de tocarlos, de saber que eran míos para siempre. Qué decir de la emoción que sentí al calzármelos. ¡Tanta... que los tuve todo el día puestos dentro de casa!

Después... cuando descubrí que lo de los Reyes Magos era un montaje comercial me enteré también de que la abuela Julia había comprado aquellos zapatos. Caros para los años setenta, caros para mi familia y mucho más caros para ella: una pensionista humilde y ahorradora.

Afortunadamente no me creció el pie y pude amortizar aquella super-inversión durante más de tres cursos seguidos correteando los patios mi colegio de monjas. Hoy me he acordado de aquellos zapatos cuyo sentido último trasciende el objeto y su enfoque utilitario. ¿Se dan cuenta...? ¡Cómo voy a querer de igual manera a los dieciséis pares que tengo ahora! Inflación en estado puro. Y frivolidad. No, definitivamente no quiero deportivas Lacoste ¡divinas! a cinco euros en una web de outlet en internet: Ya tengo sobredosis de consumo. ¡Gracias abuela!

miércoles, 21 de enero de 2009

¿Qué es lo esencial?

Tres en uno.
Este mediodía he terminado mi jornada matutina un poco refunfuñona. Varios proyectos pendientes (vivos como una ameba en alta mar) cambian de perfil cada media hora lo que exige atención, centramiento, cintura, dedicación y tiempo. Time is gold (el tiempo es oro) ya lo dijo el poeta. Agradecida por lo que la marea existencial va trayendo a mi despacho, a ratos, sin embargo, se colapsa la estructura productiva cuando se agolpan en un "cuello de botella" algunos procesos en marcha, otros incipientes y aún terceros en la incubadora de los sueños posibles.

Tres en uno.

Al mediodía estaba un poco contrariada conmigo misma (a estas alturas de la película tengo bien integrado lo absurdo que es desperdiciar energía culpabilizando a las circunstancias/personas que se cruzan en el día a día). La responsabilidad de lo bueno y de menos bueno me corresponde. Así que sin tener un puchingbol en el que descargar el cri cri de la queja del grillo he tomado un autobús camino de casa (4 grados, viento, lloviendo, imposible hoy en bicicleta).

Al llegar a mi parada, uno de tres: una mujer de mediana edad, ciega, silenciosa, armónica en su movimientos me ha dicho (sin decir) que le ayudara a bajar del autobús y a cruzar la carretera al otro lado de la acera. Más tarde, a menos cien metros del portal de mi casa un hombre y un bastón a solas por la plazoleta en línea recta hacia la fuente... ¡Guaggg! Allá me he ido rauda como el viento al rescate de un golpe seguro.


Al comienzo de la jornada de tarde tres de tres: un niño rubio, bajito, con un perro, a solas por la Avenida de la Libertad, una de las principales arterias de la ciudad. Llovía. Él sin paraguas, con una chamarra negra y unos pantalones beige. Con la cabeza totalmente volteada hacia el suelo (imposible verle la cara) el muchacho iba con un perro amaestrado pero daltónico ya que no distinguía los colores de los semáforos.


Primer round... el muchacho ha tirado de su perro para avanzar juntos en un paso de cebra cuando el semáforo estaba rojo para los peatones y pasaba justo un autobús. Del alma me ha salido un - ¡Nooo!! Está rojo. Dueño y perro clavados en la acera: esta vez a salvo. Mi corazón no ha podido desasirse de la pareja y más adelante -en otro cruce- segundo round: el muchacho y el perro se han parado ante la ausencia de ruido de vehículos cuando el semáforo estaba verde para los caminantes. - ¡Adelanteee!! Está verde les he dicho. Después he seguido mi camino hacia el despacho, menos refunfuñona que este mediodía, más ligera y agradecida a la vida.


Tenían que haber visto a la pareja del niño y el perro ¡qué sensibilidad! ¡qué acompasamiento! ¡qué escucha de alta calidad a toda clase de sonidos! ¡qué vulnerabilidad extrema! y qué coraje para seguir su camino a pesar de...


Tres ciegos en un día en una pequeña ciudad al norte, con apenas doscientos mil habitantes. Cualquier dificultad de esta tarde me parecerá abordable. Cualquier retraso aceptable. Cualquier negativa un juego de azar. Cualquier incompetencia... humana. Cualquier demanda una bendición.