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sábado, 20 de febrero de 2010

Up in the air

Acabo de llegar del cine. Después de visionar una película no deseo hablar con nadie. Escribir, sí. Hablar no, porque me quedo durante algunas horas encerrada dentro de mi cabeza recorriendo los impactos visuales, ambientales, sociales, culturales y relacionales del filme; también los mensajes del guión: los repaso por si tuvieran algo, bastante o mucho, aprovechable para mi momento o el de alguna de las personas con las que trabajo.

Creo que tengo que explicar que no veo la televisión en absoluto desde hace cuatro décadas. Nada. Reconozco a algunos personajes televisivos por los periódicos que leo a diario. Nada más. Ni siquiera los dos años que trabajé como periodista en televisión veía los programas. Los de producción se desesperaban conmigo, yo hacia mi trabajo: lo hacía muy bien y por eso no tenían queja. El caso es que el impacto que las películas produce en mí es inusual por el hecho de que veo una cada... mes o algo así y siempre por recomendación de alguien a quien respeto y aprecio. La de hoy tenía dos estrellas, es decir, dos recomendaciones de otros tantos amigos : Txema y Manu, cinéfilos de los que visionan al menos tres películas a la semana en la gran pantalla.

Entre otras muchas cosas el protagonista ofrece conferencias en escuelas de negocios y utiliza como metáfora recurrente la conveniencia de ir por la vida con una mochila ligera en lugar de cargarla de enseres cotidianos y propiedades así como de múltiples relaciones -a su entender algo muyyyyy pesado-. Todo O.K. hasta que se enamora y ya no puede seguir profetizando las bonanzas de la mochila vacía porque ¡sencillamente! ya no cree en ello. No les contaré más para no destrozar la película... Tal vez resulte interesante cuestionar de qué llenamos la mochila que todos llevamos a la espalda, cuánto pesa, y si tal vez ha llegado el momento de aligerarla... Up, in the air.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Mercenarios

De oruga a mariposa.
No quisiera ser pretenciosa... y no sé cómo expresarlo... en fin, ustedes son de confianza... allá va: me siento mariposa y preciso de la libertad en el vivir tanto o más que del oxígeno y la ingravidez (Milan Kundera) o de mis alas soñadoras, digo voladoras.

Hoy, un poderoso centro formativo de Castilla (España) que pone en marcha un curso de Coaching (y desea contratarme) ha querido recortar mis alas y me siento malherida. Por un momento he sentido que todo el peso del régimen feudal caía sobre mis clavículas: imposición-imposición-imposición a un ritmo marcial.


Les aseguro que he argumentado con templanza y aunque no peso tanto como un Buda tengo su paciencia. Con tiento he esgrimido razones pedagógicas, profesionales, teóricas, prácticas, intelectuales, emocionales, asertivas, controlando el tono, la postura y el gesto buscando afanosamente el win-win (ganar-ganar) que aprendí de Stephen Covey... Reino feudal, armadura de hierro y oxidada, insalvable foso, derecho de pernada. ¡¡Por favor!! Así se mata la ilusión, la creatividad, las ganas de contribuir más allá, mucho allá de lo acordado. Se daña el alma: alas heridas, ensangrentadas en lucha contra los barrotes de la cárcel-jaula feudal. No somos mercenarios. No convirtamos nuestras empresas/ departamentos/ proyectos en prisiones medievales porque matamos el talento...

"Así no, gracias". He salvaguardado mi dignidad y auto respeto desde lo que creo, desde lo que soy. Sin embargo, ¿saben? estoy maltrecha... La violencia engendra violencia. La intransigencia ruptura de las relaciones, acuerdos y proyectos. Es triste. Siempre me quedará la duda de si yo hubiera podido hacerlo mejor: mente, corazón, tono, postura, argumentos docentes, profesionales, asertivos, experienciales... ?? !! Ya está. Hecho. Así no. Varios cientos de euros a saco roto ¡plof! El precio de la dignidad... ¿lujo? Nooooooooooo libertad.

sábado, 13 de junio de 2009

Creer para Crear

¡Cuanta vida hay en un diminuto pajarillo! Esa frase -pronunciada esta mañana por mi compañero de monte- ha tenido mi mente enredada durante el descenso entre senderos después de hallar una cría de jilguero en el suelo, de cogerla entre los dedos con extrema suavidad pensando que quizá estaba herida, de ponerle algunas migas de galleta cerca del pico (por si tenía hambre) y de comprobar -finalmente- que lo único que sentía era desorientación.
-¿Te parece poco?- ha exclamado mi compañero irónicamente levantando una ceja e intuyendo que de inmediato mi mente comenzaría a tejer metáforas con la vida, las personas y la existencia.

Hemos estado acuclillados junto al pajarillo unos diez minutos haciéndole un reconocimiento: patas y alas en perfecto estado y ningún síntona de lesión por caída o gatos. Al cogerlo, uno comprueba que las alas de seda -pomposas y huecas- cobijan una estructura de extrema fragilidad: apenas unos huesillos ligeros que generan ternura e instinto de protección.

Era una cría acaso en su primera salida del nido, carente de recursos para sobrevivir por sí misma, desorientada de olores (pinos), colores (mil tonos de verde), dirección (estaba al norte, frente al mar), peligros (cerca de camadas de gatos) y -sobre todo- de sus propias fortalezas o recursos... El más poderoso de todos volar. Lo pondré en mayúsculas ya que es uno de mis anhelos recurrentes: Volar.

Puede hacerlo porque le hemos visto. Sin embargo, aún no lo ha integrado como una certeza y ahí (justo ahí) radica su trampa más letal. Se queda en el suelo dando saltitos cortos como un ratón, una cucaracha, una lagartija... cuando en realidad ¡puede volar!

Miopía de recursos. Igual que los humanos. Igual que Lucas, un cliente suizo con el que trabajo por Skype una vez a la semana. Lo tiene todo para ser feliz, para construir un segundo imperio económico -es hijo de un magnate- para volar casi hasta el infinito y sin embargo languidece sobre el asfalto como la cría de jilguero: desorientado. De tanto vivir en la pecera del éxito desconoce su olor así como el color del sencillo vivir y la dirección que quiere dar a su carrera lejos del papi grandioso e hiper-protector.

Desconoce los variados peligros de no ser él mismo, de renunciar a la propia identidad y -sobre todo- olvida sus fortalezas de Titán: esplendido físico, mente rápida, formación intercultural, dominio de cinco idiomas, recursos económicos casi ilimitados, salud, familia galáctica y bien relacionada en toda Europa... y lo mejor: la capacidad de volar, de ser él mismo, una poderosa águila de enormes alas -ahora plegadas- a la espera de atreverse a ser feliz y a lograr (en sus propios términos): Creer para crear.

¡Cuánta vida hay en un diminuto pajarillo! ¡Cuánta vida hay en Lucas! Mi cliente suizo, miope ante su arsenal de recursos, dudoso de su gigantesco potencial! Desorientado. ¿Ven? Mi compañero de montaña intuía bien: he vuelto a desplegar la mente metafórica, el juego seductor de la palabra. Creer para crear y volar: mi sueño recurrente.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Vida, con Mayúscula

Hasta hoy el único registro que la palabra Wilhelma tenía en mi cerebro era el eco de la ruda voz de Picapiedra pidiendo ayuda a su esposa con un dramático (y a la vez cómico)¡¡¡Wilmaaaaaaaaaaaaa!!! cada vez que se metía en problemas. Pensaba en ello esta mañana mientras me dirigía en bicicleta a Wilhelma, el zoológico, jardín botánico y acuario de Stuttgart, un caleidoscopio de sensaciones, una metralleta de colores, un disparo al centro neurológico de la reflexión-comparación evolutiva entre el ser humano y las más de cien especies y nueve mil ejemplares que viven allí.

Late la Vida, con mayúscula, en cada centímetro de Wilhelma con una expresividad perpleja para adultos cuyas arterias palpitan de excesos gastronómicos, emocionales e intelectuales: atracones tóxicos ajenos por completo a la simplicidad, belleza y armonía de los animales incluso en semi-cautividad.

Contrastes. Los elefantes son vegetarianos y alcanzan un peso que oscila entre las cuatro y las siete toneladas... una lección gastronómica de primera. Les he visto caminar con delicadeza e incluso subir escalones hacia atrás. Increíble. Los monos, chimpances y gorilas se quitan los piojos los unos a los otros con una dedicación febril. Si no lo hicieran, la especie misma correría peligro: si alguno omitiera el instinto y por comodidad o pereza no despiojara a sus compañeros, si ese comportamiento se contagiara entre ellos, si el egoísmo camparara a sus anchas... en poco tiempo la calidad de vida de los monos, gorilas y chimpances (y su salud) resultaría severamente dañada. Además se abrazan, rozan, juegan, acunan. Contemplados al sol otoñal de este 8 de noviembre resultaban una lección de sociabilidad en estado puro. Pasen, copien, imiten y mejoren sus relaciones interpersonales. ¡Sres, Sras: cuiden los unos de los otros con dedicación febril y si se tercia jueguen y abracen!

En el insectario cientos de mariposas gigantescas y diminutas de impensables colores alzan el vuelo hasta la altísima cúpula... pasan junto a mi mano, rozan mi anorak rojo, siguen su trayectoria entre las plantas tropicales, se esconden detras los troncos, coquetean con los visitantes, juegan con los niños que las persiguen y, de nuevo, alzan el vuelo conocedoras del lugar en el que habitan los sueños: arriba, muy arriba, cerca de la luz. Tienen rayas, motas, salpicados, tonos pastel, aguafuertes, fosforitos, brillantes, galácticos. Decir que son hermosas resulta grosero. Son Vida con mayúscula y alas. Vida en estado puro y ellas lo saben: cuentan cada segundo como si fuera un año, cada minuto como si fuera un lustro y -sin embargo- juegan o quizá por eso juegan ¡la vida es tan breve! Hay una urna a temperatura constante entre 14 y 20 grados con cientos de larvas diferentes colgadas de manera natural en palitos de madera semejantes a un ábaco.

Hoy -la magia con la que los dioses suelen alegrarme el día- me ha regalado el tesoro de que en el preciso instante en el que yo visitaba el insectario una larva ha roto el capullo y tras un esfuerzo -créanme- supremo, ha salido al aire una mariposa de alas negras, puntos morados, amarillos, naranjas... Sin respiración, boquiabierta, me he quedado más que unos segundos esperando alzase el vuelo sin saber nada de mariposas, ignorando que el esfuerzo de romper la envolvente tela que protege el capullo deja exhausta a la mariposa que precisa un tiempo para reponer fuerzas antes de aletear y regalarnos el espectáculo único de su grácil e ingrávido movimiento. ¡¡Cuantos adultos hiper-protegidos no acaban nunca de romper la envolvente tela protectora de su niñez, no reunen la fuerza necesaria para alzar un vuelo independiente y solitario, alto, muy alto hasta sus sueños!!

En el estanque central habían retirado los gigantescos nenúfares que se observan en los paneles-guía del zoo, tan grandes o más que un portátil tamaño estándar. ¡¡Qué pena!! Tendré que volver a Wilhelma para verlos en primavera, para seguir aprendiendo-reflexionando-comparando-contrastando que la Vida tiene una mayúscula gigante, que no estamos solos en el planeta, que hay tanto que aprender de ellos: peces, ranas, ardillas, jirafas, pájaros, insectos, mariposas, medusas. ¡Ahhhhhhhhhh las medusas! giran en su pecera nocturna en el sentido de las agujas del reloj, totalmente ingrávidas, azulonas, como poetas, como bailarinas exquisitas de ballet clásico, como una percepción extrasensorial. Sí, prometo volver a Wilhelma, en primavera.