domingo, 1 de enero de 2017

La hoguera de las vanidades



El zarapito no estaba en su puesto de vigía. Las gaviotas lanzaban su grito de guerra hacia el horizonte impreciso del mar sobre el que se aposentaba un metro de niebla blanca como lana de oveja enganchada en los espinos. El viento empujaba la niebla hacia el interior del océano donde no había un solo carguero en espera de arribar al puerto. En la ascensión montañera la hojarasca estaba cubierta de escarcha blanquecina en los recodos más sombríos. Unas florecillas de color lila habían sobrevivido a la helada nocturna algunos grados bajo cero. Llegamos un poco más lejos de nuestra meta impulsados por el frío y las ganas de alcanzar el sol al otro lado de la montaña, alto, arriba. Caminamos por el sendero al filo del mar (que había que intuir ya que solo se veían algodonosos trazos de blanco de diferente intensidad) y llegamos al sol hacia las diez de la mañana. Siendo el último día del año, no encontramos un solo ser humano con el que cruzar un saludo, aunque descubrimos decenas -acaso centenares- de toperas, dos plumas y un mechón de lana.




Durante el descenso tuve un golpe de júbilo que no puedo explicar. Me alcanzó, lo registré, y no dije nada a mi compañero. De unas matas salía la niebla empujada por el viento y él dijo: parece que arde como una hoguera. Yo permanecí en silencio concentrándome en la bajada -empinada y peligrosa- y pensé "la hoguera de las vanidades" en la que vivimos y de la que solo nos salva el bosque. Siempre. El bosque.

Por la tarde -ya en casa- estuve leyendo al filósofo francés Henri Bergson quien asegura que "el remedio a la vanidad ¡es la risa! (sobre todo de uno mismo)". El Nobel de Literatura del año 1927 también afirma que "la alegría triunfal nos indica por donde discurre la vida (la verdadera vida)".

Cerca de la medianoche (y sin miedo de perder mis zapatos de cristal) me puse a diseñar mis objetivos para el 2017 en una cartulina, como hago desde que vivo en San Sebastián (2002). Se trata de una juguetona "proyección" de imágenes y palabras que descubrí en algún libro de Julia Camerón o Talane Miedaner y que se ha convertido en un ritual lúdico de la Nochevieja.




Terminado el mapa de los deseos -cartulina con el volcado de los objetivos para el año 2017- me desconcierta lo que descubro: poca concreción en mis anhelos, y una presencia abrumadora de bonanza para las personas significativas de mi vida. ¿Seré (al fin) un poco menos egoísta? ¿Tendré preocupaciones ocultas que emergen en el "mapa"? ¿Habré alcanzado casi todo lo que soñé? ¿Me he despistado al realizar el "mapa"? ¿He dejado de creer en su imantado poder de atracción? Siendo todas las preguntas pertinentes, creo que ninguna es del todo cierta. ¿Entonces?

Releo al filósofo y su despliegue del concepto "devenir" cuya definición sintética es "dejar hacer", dejar hacer a través de uno... siendo uno con el Todo... ¡Dejar hacer! Esa es la resonancia que mi inconsciente ha volcado este año en la cartulina rosa. Hago un rulo con el mapa de los deseos. Le pongo una goma elástica y lo guardo con los catorce anteriores. ¡Hecho! Durante el 2017 toca ser un medio-instrumento-canal-herramienta al servicio de... mientras me río y minimizo la hoguera de las vanidades propias y ajenas.