martes, 1 de noviembre de 2011

Un hayedo y un sendero


La lepiota procera que hemos encontrado es tan grande que -de haberse producido una tormenta en mitad del bosque- hubiéramos podido cobijarnos bajo sus treinta centímetros de diáfano sombrero. Está en buen estado, y la hemos traído a casa para chequear si es comestible en el libro editado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Aunque lleva el punto verde, no nos atrevemos a echarla a la sartén ¡lástima porque saldría un revuelto espectacular con sus 250 gramos troceados con un poco de panceta y huevos ecológicos!

Este no es, sin embargo, el principal tesoro de una jornada en la que hemos orado al raso, en una zona casi salvaje del valle de Leizarán del que muchos habrán leído y pocos conocerán www.leitza.net + www.plazaola.org. Se trata de un lugar en el que el musgo cubre los troncos de los árboles caídos, donde las botas de hunden hasta quince centímetros en las hojas del robledal, y las cabras (apoyadas en los árboles para alcanzar los frutos silvestres) desafían sobre dos patas la ley de la gravedad. También hay   algunas cabañas de piedra destinadas al ganado que me hacen suspirar por su belleza. 

Sobre la fértil y agradecida tierra había cientos de castañas cubiertas con un modelo de púas channel junto a piñas grandes y pequeñas y algunas flores altas, delgadas y violetas tan delicadas que daba pudor acariciarlas. El pueblo de Leitza está bien conservado, con un frontón pegado al ayuntamiento y una iglesia en lo más alto, cerca del cementerio, hoy concurrido de mujeres recias calzadas con botas de goma y acompañadas de azada para quitar los rastrojos de las tumbas. Cero frivolidad, sólo el recuerdo de los seres con los que hace algún tiempo pudimos disfrutar. Senderos estrechos en algunas zonas del pueblo y alrededores. Senderos estrechos con un final anunciado que a todos nos espera. Vivamos jubilosamente el presente, agradecidos de lo que es, de lo que hay ¡vida! 

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