sábado, 16 de agosto de 2014

Trastadas y Puzzles en el Vivir y Trabajar


Como una botella de cava que espera ser descorchada para una celebración, Bilbao contenía esta mañana la respiración horas antes del chupinazo que anunciaría el comienzo de la Semana Grande: nueve ininterrumpidos días de festejos para todos los gustos, edades, tendencias y presupuestos. 






Aunque el motivo de mi visita a la city era otro, en mi caminar me he ido tropezando con los símbolos que pueblan mi memoria de cuarenta y cuatro años de vida en la capital vizcaína, donde nací; pero a diferencia del tiempo de mi infancia, hoy el Gargantúa daba la espalda al miedo que me producía introducirme en su boca para acceder al pequeño tobogán instalado en sus entrañas... 




He aprovechado la visita para llevarme un auténtico botín de la ciudad: varias prendas y calzado de marca rebajados al sesenta por ciento. Me produce un jolgorio interno especial comprar objetos de calidad a un buen precio. Siento que (de ese modo) desactivo un poco el abuso de las tiendas que cargan los productos con un doscientos por cien que balda textualmente al ciudadano de a pie... Yo, en este caso. Y aunque reconozco la tontuna de esta idea, me satisface hacerme con aquello que necesito a un precio muy inferior al que marca la etiqueta. Lo vivo como un desquite, un atajo, una pequeña trastada.




Trastadas y puzzles mantienen vigoroso el instinto de la curiosidad que -si bien mató al gato- me divierte. La búsqueda de conocimiento me empuja a coleccionar piezas de diversos puzzles: sencillos, complejos, inabarcables, invisibles, abstractos, concretos... piezas que atesoro con frenesí arqueológico y ordeno en mi mente durante décadas hasta que adquieren un sentido propio configurando un nuevo mapa conceptual. Digamos que me entusiasma dar sentido a lo que leo, aprendo, compruebo, imagino, logro, fracaso ¡vivo! y -en esa búsqueda permanente de propósito- algunas veces emerge un sigfinicado que adquiere (para mi) una trascendencia relevante. Pondré un ejemplo.

Descubrí a Brené Brown en 2010, primero en un vídeo que dura veinte minutos y pueden contemplar pinchando aquí y después leyendo varios de sus libros. El que más piezas de puzzle me aportó fue The gifts of imperfection, volumen que he leído en varias ocasiones si bien no ha "resonado" con fuerza hasta profundizar en el libro Frágil (el poder de la vulnerabilidad) que leo estos días pese a haber sido publicado por Urano en 2013.

Merece la pena asomarse a las investigaciones de esta trabajadora social norteamericana y storyteller si bien les avanzo la hipótesis que estoy fraguando desde hace unas semanas. Primero: el cambio es lo único permanente. Segundo: si no hacemos las cosas de manera diferente (u otras cosas) obtendremos los mismos resultados. Tercero: por definición el ser humano se resiste al cambio. Cuarto: cabe preguntarse  ¿Por qué nos resitimos al cambio?

Entre las numerosas respuestas que voy encontrando (pensando en vencer las resistencias al cambio de mis clientes ) incorporo ahora el descubrimiento de la vulnerabilidad. Me explico: nos resistimos al cambio porque nos obliga a trascender la incertidumbre que a su vez provoca la zozobra de algunas de nuestras certezas lo que acaba por alcanzarnos en una zona "blanda" a la que Brené Brown denomina vulnerabilidad, en realidad un territorio imprescindible de transitar si queremos que emerja lo nuevo en nosotros y en el mundo.

Los pre-requisitos de la vulnerabilidad son: el abandono de la "máscara" para encarnar la "desnudez"; la coherencia entre el pensar-sentir-decir-hacer (honestidad); terminar con la adicción al control-control-control (que además es una falacia); flexibilizar hábitos y creencias; espantar prejuicios y... la gloriosa y radical aceptación de quienes somos ¡tan imperfectos como sagrados! ¡tan distintos y humanos!

Nos resistimos a los cambios porque tememos nuestra propia vulnerabilidad, fragilidad ¿emocionalidad? Tememos la incertidumbre, lo desconocido ¡lo nuevo! tan necesario para que nuestro mundo gire cada amanecer un poco más armónico.


La vulnerabilidad es un pre-requisito para relacionarnos con personas,
auténticas personas,
que puedan soportar el peso de nuestra historia.