martes, 25 de octubre de 2016

Llámame Rara y ¡Cambiemos el Mundo!



Me ha costado cincuenta años comprender que el sentimiento de exclusión -que padecí en la infancia cuando otros niños me llamaban "rara"- encubría algo más simple y neutro: yo era "diferente" y eso penalizaba ¿por qué? Aún no he hallado la respuesta, si bien una vez que he dado el primer paso -la comprensión- he podido avanzar hacia el segundo escalón en el que la diferencia se transforma en peculiaridad-singularidad. Digamos que te convierte en... ¡especial! (que suena mucho mejor ¿no les parece?). 

Una persona que comercializa mis creaciones dice que lo que mejor funciona es el slogan "ponga una Azucena Vega en su empresa! A mi me hace gracia porque entiendo que es una broma y un halago de Larraitz, pero ella insiste en que es lo que más fuerza tiene: ¡el quién! Al final las personas optamos por trabajar con los profesionales que nos generan confianza. Por ejemplo, acabo de llegar de LÓccitane porque estaba Sonia, una experta en el uso inteligente (y minimalista) de los cosméticos. Ella me enseña, orienta y aconseja y merece la pena esperar a que esté de turno para que te haga un fabuloso masaje facil. ¡El quién por encima del qué! 



En el MIT no buscamos a los niños populares,
sino a los que son diferentes.


Por el mero hecho de existir cada ser humano es único-singular, si bien algunos nos desmarcamos desde la infancia. Yo me gané a pulso el calificativo de "rara" porque en el colegio prefería los patines a las muñecas y los columpios a los cromos. De adulta me he ganado el calificativo de "rara" por preferir el trabajo por cuenta propia al empleo por cuenta ajena -que ya tuve y desestimé-. También me consideran "rara" porque no visto con traje y tacón, porque no me tiño el pelo, me río mucho, regalo tiempo -el mayor de los tesoros- y porque nado en el mar en invierno. Llámame rara ahora que ya no duele.

Además reconforta leer a Rafael Reif, presidente de la mejor universidad del mundo (MIT, Cambridge, USA), cuando afirma que les interesan las personas "diferentes", las que se preguntan por el funcionamiento de las cosas ¡las cuestionan y rebaten! En ocasiones -afirma Reif- cuando los alumnos llegan al MIT sienten por primera vez que "pertenecen a algun sitio" tras haber padecido años de exclusión, burla, rechazo e incomprensión.

Por quinto año consecutivo el MIT se alza con el galardón de ser la mejor universidad del mundo para 11.000 alumnos y mil postdoctorados a los que hay que añadir el aprendizaje en línea a través de los cursos MITX y edX.org. He tenido el honor de participar en algunos programas del MIT (Teoría U con los profesores Otto Scharmer, Arawana Hayashi y Peter Senge) y de comprobar hasta qué punto es cierto que se valora la diversidad en la ferviente búsqueda de pistas que permitan comprender la naturaleza humana y descubrir las necesidades de las nuevas ciudades, países... ¡del mundo del siglo XXI!  



Tú no eres como yo, no piensas como yo, y no actúas como yo,
pero juntos ¡vamos más lejos! Belbin.


Al cierre del post dos ideas medulares con las que trabajo en las organizaciones: la imparable fuerza de la complementariedad de talentos, habilidades, capacidades, especialidades... y la imparable fuerza de la colaboración. Trabajo con ello en las empresas y sería estupendo llevarlo también a la sociedad. ¡Quizá en la próxima década me alcancen el tiempo y las canas!