viernes, 14 de julio de 2017

No Miedo


Esta semana he trabajado con un técnico de rango alto del gobierno vasco. Nos conocemos hace años y tras haber seguido un proceso de entrenamiento en liderazgo (y obtenido los objetivos planteados) vuelve al despacho cuando considera que el desafío de mis preguntas -junto con su capacidad de análisis y reflexión- son más poderosos que una sola mirada.

En esta ocasión quería que le ayudase a diseñar una estrategia de precisión para el logro de un objetivo profesional de impacto en su carrera.

Nos costó poner fecha y hora para nuestro entrenamiento, dado que ambos viajamos con frecuencia y tenemos una ocupación total de agenda durante semanas, pero lo conseguimos a base de flexibilidad, persistencia y cariño asentados sobre una confianza sólida en que si él presiona es que realmente el momento es ¡ahora! y que si yo le digo que "no puedo" es que no hay una sola grieta por la que colarse en mis jornadas. Insisto en que finalmente ¡lo conseguimos!




Trabajamos duramente durante dos horas en las que fue tomando notas de los descubrimientos que iba capturando en el transcurso de la sesión de coaching. De alguna manera se fue relajando y -al mismo tiempo- animando al ver muchas luces al final de lo que percibía como un túnel. Supo identificar atajos, aliados y recursos que le hicieron sentir capaz de superar imponderables. Al final se llevó lo que quería: una estrategia de alta precisión para alcanzar en el menor tiempo y con el mínimo desgaste un objetivo ambicioso. Pero lo que apreciamos más de la jornada no fue eso -que cumplía las expectativas de ambos- sino la consciencia de tres aspectos que creo útiles para la mayoría de nosotros. ¿A qué me refiero?

Cuando el técnico de rango alto del gobierno vasco ya salía del despacho se volvió y me dijo: Sabes... Azucena... no voy a olvidar las tres alertas que han surgido durante la sesión. Aunque yo podía intuir a qué se refería -hemos trabajado mucho juntos-, le pedí que por favor verbalizara qué le resultaba tan valioso.

Lo primero: que no tenga miedo porque el miedo paraliza e impide pensar con precisión. Lo segundo: que mantenga una alerta sobre las emociones que me alejan de la objetividad y la estrategia. Lo tercero: que fría al pollito de la procastinación, es decir: que deje de postponer para mañana lo que pueda hacer hoy. Nos despedimos hasta septiembre deseándonos lo mejor.


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