sábado, 26 de marzo de 2011

La erótica del poder

Escena Uno. Toma Uno.
El presidente duerme con las persianas alzadas y las cortinas abiertas de par en par. A las seis de la madrugada el sol primaveral -que entra a raudales en la suite doméstica en la que vive- le despierta; pone una cafetera individual bien cargada en la cocina, va al salón donde hace cien abdominales y pedalea un cuarto de hora a piñón siete (el más duro de su bicicleta estática). Sudado y en forma, se dirige a la ducha donde comienza la rutina cotidiana que terminará catorce horas después: hacia las ocho de la tarde. El presidente es un gladiador del siglo XXI al que entreno.

Escena Dos. Toma Uno.
Mi amiga Adela entiende el poder personal como el despliegue del ser en su máximo potencial. Adicta a la reflexividad -de una manera obsesiva y a veces desesperante para el resto de los mortales- defiende el poder como algo positivo relacionado con la aceptación de ser quien eres, de pensar lo que piensas, de discrepar de lo que fuere, y de elegir lo que consideres más interesante para ti en un determinado momento de tu existencia. Dice Adela que en un mundo de cobardes silentes, ejercer el propio poder exige un coraje intenso -acaso excesivo para los mansos de corazón- porque en general conlleva la crítica, el rechazo, la incomprensión y el castigo de las mayorías que siempre cabalgan en el "carro del vencedor".

Recuerdo el primer entrenamiento con el presidente en la sede española de su multinacional: cada vez que aparecía en escena temblaban las paredes y las piernas de su secretaria, del gerente y de la jefa de recursos humanos -las personas con las que yo previamente había mantenido contacto hasta cerrar una cita en su agenda imposible-. Llegaba directamente de Chicago (vía Madrid) y a pesar del jet lag, de las infinitas horas sentado, de la pésima comida de los aviones intercontinentales, y de la espera en la T-4 Madrid para conectar con San Sebastián, lucía impecable: afeitado, el pantalón sin una arruga, la chaqueta de cuadritos verdes como recién sacada del armario y un atractivo aftershave.

Comenzamos con el 360 -una de las herramientas de evaluación más precisas para descubrir áreas de mejora según cómo te perciben tus subordinados, jefes y pares-. Las puntuaciones de partida antes de comenzar los entrenamientos eran excelentes. Sin embargo, casi desde el comienzo había algo que no cuadraba con mi intuición por lo que -obviando el tembleque de tabiques y piernas- me atreví a preguntarle por un parámetro ni siquiera contemplado en su 360: la comunicación. Rápido y agresivo como buen impulsor (rol Belbin) explicó que en la empresa existían ocho canales de comunicación y que él mismo es un gran comunicador. Acto seguido giró la pantalla de su ordenador última generación hacia mí y me mostró su hiper-actividad en redes sociales internas (de la propia organización) y externas (Linkedin). Yaaaa, le contesté tras un prolongado silencio... Ocho canales y desconoce el nombre de la recepcionista (Mila) que me facilitó un botellín de agua al conocernos. Ocho canales y aún no sabe que su hombre de confianza lee a Pessoa (poeta portugués). Es un hombre encantador, créanme: rebosa poder, determinación, conocimientos, criterio, voluntad e inteligencia. ¡Lástima el gap de la comunicación sepultado bajo una gruesa alfombra de miopía!

Escena Uno. Toma Dos. Última.
El Presidente y yo nos centramos en entrenar la empatía (una forma de comunicación), la escucha (una forma de comunicación), las preguntas abiertas (una forma de comunicación), el silencio (una poderosa forma de comunicación), el código gestual (55% de la comunicación), tonal (38% de la comunicación), el feedback (herramienta de comunicación reflexiva)... Él ejerce su omnipotente poder organizacional y yo mi poder personal conectado al "criterio Adela" y al oficio de change manager que todos solicitan, aunque sin incomodar en demasía.

Recuerdo las enseñanzas de la universidad según las cuales "el medio es el mensaje" (Marshall McLuhan) y remato la jugada: el medio (radio, prensa, televisión, Email, Skype, newsletter, intranet, blog, web...) condiciona el mensaje. Ahora bien, el medio por sí mismo no asegura la comunicación de igual manera que tener un teléfono no asegura que llamemos a Pitita tras el divorcio.

1 comentario:

Dr. ALFREDO ARIZMENDI dijo...

En un diploma de gestión en Odontología que estoy cursando en Madrid insisten en la enorme importancia que tienen las cuestiones de comunicación y gestión de los componentes emocionales.
Me encanta su Blog, Azucena, y tengo la firme intención de seguirlo con asiduidad.