domingo, 18 de enero de 2015

Donde hay Ego no florece el Equipo


Las personas somos seres complejos que nos retorcemos como un cable de alta tensión cuando intentamos trabajar en equipo.

Y aún cuando nos habite el anhelo de colaborar con los demás, la buena voluntad no basta para alcanzar la esquiva orilla de la eficacia-eficiencia que -al cabo de unos minutos de trabajo en equipo- se aleja como el horizonte marino.

Pero la terca y no menos esquiva realidad precisa de la energía que se alcanza con la suma de talento y voluntad, de apoyo y cooperación, en un delicado juego de equilibrios para el que no hemos sido entrenados. La buena noticia es que ¡se puede entrenar! y siempre estamos a tiempo de reconocer que los equipos de trabajo no se crean solos; que construirlos es un desafío monumental, y que obviarlos se asemeja a quien tiene cáncer y no lo quiere reconocer ni tratar permitiendo que la enfermedad (organizacional) avance de manera irreversible. 




¿Por qué nos cuesta trabajar en equipo? las razones son variadas y complejas (como los humanos y las organizaciones del siglo XXI) pero la cuestión es que el desánimo es un lujo fuera de catálogo para las empresas y que las personas no nacemos sabiendo trabajar en equipo ¡hemos de aprenderlo! razón por la que algunos profesionales ponen su tiempo, dinero y lucidez al servicio del descubrimiento de las leyes secretas que rigen el buen funcionamiento de los equipos de trabajo. Si la formación es conmigo precisan un extra de coraje ya que el enfoque es vivencial en el sentido de verse inducidos integrar en sí mismos el cambio que quieren ver en sus equipos.

Se tú el cambio 
que quieres ver en el mundo, Ghandi.




Esta vez el el regalo del universo -que agradezco en el papelógrafo que aparece en la fotografía- se produjo en Aragón, la segunda comunidad autónoma de España en la que más trabajo después del País Vasco, mi tierra.  Algo tiene Zaragoza de cruce de caminos y ciudad de acogida. Algo tiene de nobleza que alimenta el tópico, de belleza de paisajes fértiles y ventosos. Algo tiene Aragón de inquietud y búsqueda de soluciones al complejo entramado productivo de la zona. 




La instantánea -tomada desde el coche a mi llegada a la capital- muestra el azul klein bajo el que resulta alentador enseñar, entrenar y compartir conocimiento y experiencia con una grupo de profesionales fabulosos. Hemos estado dos días en el Monasterio de Cogullada totalmente concentrados en la tarea -casi enclaustrados- a pesar de que a unos metros del aula teníamos el lago (ahora sin nenúfares) el bosque, los senderos y las ardillas ¡un lugar tan bello en el que podrías quedarte a vivir! Tú y Tania, el personaje que se coló en mi maletín en el último momento y que durante la formación encarnó el rol del observador. 

Tania descolocó a algunos participantes aunque nadie formuló una queja. No al menos de manera verbal, pero el mudo observador (Tania) todo lo registra: las dinámicas de equipo, los silencios, las intervenciones, los mapas que se despliegan sobre la mesa conceptual sin darse cuenta de que nunca son el territorio, las polaridades entre las fuerzas del cambio y las de la continuidad, los soterrados pulsos de poder, el cinismo y la ingenuidad.

Esta vez Tania -su vulnerabilidad y ternura- viajaron conmigo como parte del atrezzo que propicia el aprendizaje de una metodología propia construida sobre siete pilares del trabajo en equipo que abarcan desde lo clásico a la vanguardia del management



Dado que entre los alumnos hay cinco miembros de otros tantos comités de dirección de empresas de distintos sectores de la comarca Tania fue el clic disruptivo del que habla Otto Scharmer del MIT-Boston (Teoría U), el desconcierto, la ruptura de paradigmas, la exigencia de sobreponerse a los prejuicios, la búsqueda de sentido a su juguetona presencia (Viktor Frankl). Tania fue también la interfaz en la que me forjó Alain Cardon como el lugar de máxima fertilidad en la que los milagros -en los equipos y las empresas- ¡se pueden producir!




Y al cierre llega la celebración ¡del esfuerzo y del coraje del equipo! porque ¡hay que celebrar! para consolidar el "orgullo de pertenencia", la motivación y el reconocimiento, otro de los principios que construyen los equipos como eslabones perdidos entre en el uno y el infinito. 

Los equipos son sistemas complejos que amo y nunca dejan de sorprenderme cuando entreno, formo, observo, disfruto o padezco porque siempre y al fondo de la copa aparece una mueca perversa que conozco bien: el ego ¡principal enemigo del trabajo en equipo! Continuará.