viernes, 3 de abril de 2015

Perro ¿o niño? la supremacía de los canes


"En la próxima reencarnación quiero ser perro ¡en ningún caso niño!", así de radical se muestra la parte observadora que hay en mí y que -igual que un perro- olfatea el ocio circundante de turistas que salpican la ciudad de acentos sobre un castellano en alternancia con el euskera del lugar.




El diluvio vasco ha terminado y un clima genuinamente primaveral acoge a los humanos, aunque no solo a los humanos. 

La playa se llena de perros que juegan con sus dueños a capturar palitos y pelotas en la arena, las rocas e incluso el mar; la conexión entre ellos hace las delicias del observador que no encuentra una resonancia semejante entre las parejas que cruzan conmigo su mirada. Y las medusas blancas ¡han vuelto! como un fenómeno estacional.   

No encuentro en las parejas 
la complicidad dueño-perro que acontece.




Niñas-medusa con vestido de comunión que adornan paseos, caminos, jardines y alguna que otra esperanza en que sean más felices que sus progenitores: esos adultos imperfectos que ya no juegan a capturar palitos y pelotas en la playa -ni en cualquier otro rincón propicio- porque se les ha desprendido la complicidad como quizá se les desprenda a las niñas la medusa blanca cuando se despojen del vestido tras el festejo.




Entre las medusas aparece un niño de unos dos años, Ignacio, con sus bucles dorados ¡la reproducción a escala del rostro de su padre! y aunque no conozco a ninguno de los dos en unos segundos me aburre contemplar su aburrimiento: padre e hijo no saben relacionarse, no hablan y no juegan. El niño bosteza, el padre bosteza, y yo insisto en que en la próxima reencarnación quiero ser perro porque a los diez minutos llega una señora con un schnauzer al que cariñosamente indica que se siente (y lo hace) y le espere mientras va a por un café a la barra del Branka (y lo hace) y al que cuando la dueña vuelve le trae al perro un botellín de agua y un platito. 

Cuando el schnauzer ha terminado de beber la mujer le da a la boca algunas galletitas que imagino serán comida canina y después ella y yo seguimos leyendo nuestros respectivos libros. 




Sobre surcos de arena cruzo la playa mientras algunos dueños siguen jugando con sus mascotas. Ignacio y su padre ya se han ido, aunque antes de abandonar la terraza le he regalado una concha de mar recogida en marea baja lo que ha hecho sonreír a sus diminutos dientes de leche.

Las gaviotas sobrevuelan en círculos anunciando cambio climático sobre los perros que se revuelcan en la arena, ladran, corren, brincan  y ¡se divierten! al mismo tiempo que Gorka y sus hermanos reciben de sus padres una reprimenda monumental ¡porque se han llenado los zapatos de arena!  En la próxima reencarnación ¡en ningún caso quiero ser niño ni medusa!