viernes, 16 de diciembre de 2016

Horionte sereno sobre un mar de zozobra



Si la poesía fuese líquida me tomaría un trago largo porque me ayuda a vivir una dimensión agigantada de la experiencia. 

A ratos doy como parte de mi trabajo -aquello que disfruto y por lo que me pagan-. A ratos recibo inesperada y gozosamente porque en verdad no espero casi nada; acaso un poco de respeto por el trayecto realizado -llamémosle experiencia, edad, madurez, evidencias, logros y fracasos cosechados durante cuatro décadas de adultez-.

Acabo de abrir la delicada cajita cuadrada con lazo crema que me han regalado portando una "escultura con alma" de Lladró que representa una ternura que no debiéramos perder y una ingénua belleza original.

La niña de Lladró lleva un gorrito que es mi gorrito de sol adquirido en el zoco árabe de Granada este verano en una escapada de mi trabajo con Estrella y su enorme equipo de profesionales vinculados a la "innovación social", un sector cuya emocionalidad acaba erosionada de tanto roce con la miseria que devora nuestro país mientras políticos, sociólogos, tertulianos, columnistas y vividores siguen repitiendo que ¡España va bien!

No es cierto. Y porque la calidad de vida de la mayoría resbala hacia el desagüe, es necesaria más que nunca una dieta de poesía -de belleza, si lo prefieren- que en verdad está en todos los rincones de un día cualquiera.  




La niña de Lladró aún no ha aprendido a hablar, aunque su sola presencia emite más mensaje que una estación de radio. Puesto que no habla, guarda para sí el 70% de la energía nerviosa que dilapidamos al verbalizar nuestro pensamiento -irreflexivo con frecuencia, banal casi siempre, frívolo e impreciso-. El 70% de energía que guarda para sí vitaliza una belleza que llega a mi mundo a través de Antonio (un alumno-maestro de mi taller de Aiete, San Sebastián donde la magia de la creatividad se ha desplegado durante unas semanas de una manera extraordinaria).




¡Qué alivio ese remanso en mitad del combate con la industria, la estrategia, los comités de dirección, el diseño de objetivos, las hojas excel, los mercados, las patentes...!

La felicidad me alcanza: flores en el regazo de la niña que fui, que soy: vulnerabilidad poética y fuerza samurai acompasadas al ritmo de la marea -ahora bajísima en el Cantábrico al que me asomo desde el ventanal donde escribo y siento que la vida se despliega en el horizonte siempre sereno sobre un mar de zozobra-.



2 comentarios:

Antonio González dijo...

La semilla que has plantado en mí alma en tu taller de Aiete, ya ha empezado a germinar ... Me alegra comprobar que la niña de Lladró ha encontrado su sitio; era ese ... y no otro.

Azucena Vega Amuchástegui dijo...


¡Ay Antonio! qué lujo que estés también en este espacio. Un abrazo grande. Nos vemos pronto... ¡escribiendo-soñando-volando! ¡Gracias!