jueves, 30 de abril de 2015

Tristeza que me alcanza


No es la primera vez que utilizo la imagen de este hombre extraída de la base de datos que Google ofrece en abierto si buscas fotografías de mendigos.

La rescato porque salvaguarda la dignidad del ser humano que hay tras la manta violeta y los mitones con los que se protege del frío.

Porque en la calle hace frío. No sólo en la calle -los despachos con frecuencia son la antártida de la piedad- pero sobre el asfalto la dureza de las cosas adquiere una dimensión brutalmente terrenal. 

Acostumbrada como estoy a la fuerza irrebatible de los datos me ciño a la estadística que se acaba de publicar: 1.905 personas carecen de hogar en Madrid. De ellos 764 duermen al raso de las heladas, las noches de cielo estrellado, el tránsito de los cometas, la luna llena y sus cuartos crecientes y menguantes. Al raso. ¿Imagina cómo será dormir sobre cartones en el hall de una entidad bancaria?




Se me ha roto la pompa de jabón en la que vivo a base de pequeñas cosas que me hacen feliz. Profundizo en la estadística y selecciono algunas cifras anti-tópicos: la inmensa mayoría de los sin techo ¡son españoles! la inmensa mayoría tiene menos de 45 años; casi todos llevan más de un año durmiendo en la calle y un 14% de los mendigos son universitarios que en su día finalizaron su carrera y -seguramente- encarnaban el sueño de una familia por progresar.




Hoy no puedo ser feliz como una lombriz ni como una perdiz porque la tristeza me alcanza y no entiendo que no hagamos una revolución que acabe con todo esto. ¡Es insoportable!