miércoles, 18 de mayo de 2016

Hacer el gamba


Hacer el gamba es una expresión coloquial que refleja cómo me siento, a veces, cuando algo chispeante bulle en mi interior -diríase que estoy contenta- sin grandes motivos. Incluso sin pequeños motivos. 

Supongo que es un poco alocado, fuera de órbita, excéntrico y, sin embargo, se vive como adrenalina en estado puro, adrenalina de la buena: te impulsa a reír, plantar macetas, retirar jerseys con bolitas, colgar una fotografía rara en Facebook, comprar un mantel para la destartalada cocina y a saltar juguetonamente sobre la abuela como si fueses un perrucho. También te da por escribir ¡mi terapia favorita! e incluso por pintar ¡estoy volviendo a la acuarela!

El caso es que hacer novillos (escaparme del despacho) un miércoles cualquiera en mitad de la tarde para pasear por la playa es una delicia incomparable que -si rematas con un café americano en el Brankas (puntal de Ondarreta, la playa de mi barrio, en San Sebastián)- provoca un estado de éxtasis cercano al nirvana sin haber acudido siquiera al concierto de Bruce Springsteen, ayer, en Anoeta.




Lo único que pesa es la mochila donde llevo el gordo libro de  Seán Gaffney que alcanza los 1.371 gramos y al cabo de una hora de caminata por la arena ¡agota! Claro que es tan bueno que merece la pena apurar el tiempo libre (y de paso el estupendo café que me ha hecho Eneko) para avanzar en el contenido de sus 485 páginas. 

Exactamente ¿De qué habla Gaffney? de cosas mágicas aplicables a la vida, los negocios y las organizaciones... de una visión tan global que supera lo sistémico para abrazar la teoría del campo que -como ya dije en otro post- no se refiere al lugar donde crecen las amapolas, sino a un concepto que investigo y dispara mi adrenalina tanto o más que el yodo a orillas del Cantábrico.




Puesto que es uno de mis últimos descubrimientos teóricos aún no lo tengo articulado, es decir, integrado con el conocimiento previo de otras metodologías pero... ¡me conozco! y no pararé hasta dar con las claves que me permitan ensamblar esta pieza en el puzzle teórico-práctico que construyo con primor desde hace algunos años... De momento olfateo los conceptos con la curiosidad del perrucho que salta sobre la abuela un miércoles cualquiera.

Algunos conceptos de hoy: "... el facilitador del cambio ha de practicar una capacidad poética de ver, oír, sentir, paladear y oler el entorno en el que trabaja..." ¡¡capacidad poética!! y añade: "... en su trabajo con clientes, el profesional ha de confiar-confiar-confiar en el proceso que se produce de la interacción entre ambos (el experto y el cliente-empresa) donde los "patrones" recurrentes se van mostrando ¡emergen!..." y -finalmente-: "... las sesiones de entrenamiento son actos de co-creación... entre el profesional y el cliente (sea uno, varios, o la organización entera)...". Co-creación.

Decidio. El libro se queda en la mochila en espera de nuevos paseos por la bahía, tardes de lectura efervescente, momentos de vida. ¡Gracias Gaffney!