martes, 1 de octubre de 2013

Con ojos de niño


Por razones de trabajo viajo con frecuencia y -antes de salir de casa- siempre pongo en la balanza dos opciones: ¿cojo mi cómodo y rápido coche o tomo el transporte público?

Esta mañana he preferido tomar la línea de autobuses Pesa que conecta San Sebastián con Bilbao (cada media hora) porque me apetecía avanzar con un ensayo sobre economía internacional -y en el autobús tengo aseguradas dos horas de lectura- y porque me gusta observar a otros seres humanos. 

He tenido la inmensa suerte de estar cerca de una pareja de treinteañeros norteamericanos con dos niños pequeños y un marchoso abuelo con mochila. Tenían un acento increíblemente hermoso: un inglés amplio y sonoro de mascadores de chicle pero eso no era lo mejor sino el cuidado que ejercían los unos de los otros exento de toda ñoñería, impostura o maquillaje. Lo que realmente había entre ellos era ... ¿Amor? sí, desde luego ¿Respeto? sí, también ¿Interés por el bienestar de los demás en un sentido pleno? sí, sí, había interés por el bienestar...


Los niños eran de unos cuatro años y nueve meses respectivamente, muy rubios, de tez casi albina, rollizos sin ser gordos, y educadísimos. Cualquiera que haya viajado con niños pequeños sabe lo difícil que es mantenerlos tranquilos y contentos en el estrecho espacio de un asiento. La joven pareja lo ha conseguido plenamente esta mañana a base de sacar de una enorme bolsa-chistera todo tipo de artilugios infantiles: desde el tradicional biberón de agua, hasta el chupete, pasando por cuentos de tapas muy gruesas en los que se abrían ventanitas y aparecía el cerdito, cuadernos para pintar con lápices de colores, un pequeño peluche y una pelota que -en contra de mis temores- no ha terminado rodando por el suelo del pasillo del autobús.

Es cierto que los tres adultos han permanecido todo el viaje exclusivamente centrados en el bienestar de los niños, en entretenerles mediante el juego, el diálogo, el paisaje... Es cierto que se turnaban entre ellos para ponerles en el regazo, acariciarles... No es menos cierto que las criaturas no han llorado, no han gritado, no han tirado cosas al suelo, no se han quejado de nada... ¡angelitos! Esta joven pareja americana con abuelo me ha llenado de esperanza al comienzo de la jornada. ¡Todavía existen personas con sensibilidad capaces de criar amorosamente niños equilibrados!

Ha sido taaan hermoso y gratificante que me ha resultado un chute extra de energía en una mañana que se presentaba gris plomo en la city. Sociología de la calle. Vivir para contarlo.

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