domingo, 18 de enero de 2026

Librerías: espacios que generan comunidad


Me llena de esperanza cuando los más jovenes de la familia (en la treintena) incluyen la visita a una gran librería en los planes de un viaje internacional. También me alegro cuando Amaya, mi librera de referencia en San Sebastián, confirma que se venden tantos o más libros que nunca. 

Que los libros sigan circulando entre nosotros como seres vivos me hace respirar mejor, como si me fuese la vida en ello. De hecho, cualquier alusión al mundo de los libros me atañe desde que elegí la lectura como un "valor refugio" de la exclusión infantil que sufrí en mi colegio de niñas ricas. Antes había leído tebeos, pero cuando llegaron los libros me instalé de manera definitiva en esa trinchera.

El motivo por el que los libros y yo somos uno tiene su origen en una herida de guerra que se remonta a la infancia, pero después he persistido con tesón hasta hacer de la guarida una cabaña que visito con frecuencia y disfruto siempre. La iniciática herida ha mutado a tesoro que configura mi trayectoria profesional y acaso mi identidad. Una de tantas paradojas.

 


El rastreo de noticias vinculadas al mundo editorial es un placer que alcanza dirección y sentido cuando facilito talleres de escritura creativa, una afición que se remonta al año 1998 en mi Bilbao natal. 

Como un sabueso olisqueo cuanto cae en mis manos con la finalidad de saciar mi curiosidad y la de los alumnos. En ese doble registro descubro que la revista National Geographic ha elegido El Ateneo Grand Splendid (Argentina) como la librería más bella del mundo (en la fotografía superior). Construida en el año 1903 fue un antiguo teatro y en la actualidad ofrece cómodos sillones, cafetería, miles de títulos ordenados con criterio y espacios donde se organizan debates, talleres de lectura y escritura y presentaciones. ¡El sueño de cualquier bibliófilo!




Gestionados con amplitud de miras, espacios como el Ateneo Grand Splendid son lugares de encuentro que propician conversaciones que son el germen de nuevas realidades primero en el intelecto y después en la materia. Por último -pero no menos importante-, los espacios culturales participativos y abiertos generan comunidad, ese anhelo humano que conduce a la alegría de sentirse integrado en algo más grande que uno mismo y -por lo tanto- antídoto contra la soledad, esa plaga del siglo XXI.

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