Como una estrella fugaz atraviesa la negrura de la noche, de vez en cuando conectas con una persona cuya luz te acompaña durante mucho tiempo. Me paso la vida a la caza y captura de estos personajes,
estén donde estén y provengan del sector, especialidad, país o continente de
donde provengan.
Igual que un zahorí rastrea betas de agua, yo busco
manantiales de vida que inspiren mi propia existencia y mi trabajo. En esta
infatigable búsqueda -que se prolonga ya más de cuatro décadas- cada diez años encuentro un diamante... En esta ocasión se trata de Arantzazu Martínez, nacida en Vitoria en el año 1977, pintora y -sin saberlo- mística contemporánea y motivadora
existencial.
Tomando un cóctel de cava con
Arantzazu en el BCC me confesó que a la hora de abordar su
trabajo como pintora guarda una rigurosa y única exigencia a la que ha llegado tras dolorosas experiencias profesionales: jamás acepta
un encargo si no despierta su deseo (su pasión), si no le empuja a saltar
textualmente de la cama para lanzarse sobre la tarea como un surfista sobre la cresta de la ola. Tras beber un sorbito de cava
y con una sonrisa muy dulce Arantzazu me explicó que no realiza trabajos que no le motiven por tres razones. La
primera de índole totalmente práctica: porque no salen bien; la segunda, porque
ella se pone físicamente enferma; y la tercera -y a la que parece otorgar mayor
importancia- porque no le hace feliz.
Otro aspecto que me fascina de su discurso es lo que la pintora denomina la comprensión del
“proceso” se trate de pintar, entrenar, coser, auditar, cocinar, escribir,
investigar o lo que fuera. El “proceso” comienza con “un intento básico”
siempre fallido que confirma tu presunta incapacidad para hacer algo
realmente bueno. Este “intento básico” devora la seguridad en ti misma,
boicotea tus sueños, y te paraliza hasta que comprendes que es el balbuceo de tu propia creatividad que pugna por salir al exterior. Pero la
magia del proceso consiste en seguir hacia adelante “pasito a pasito y
disfrutando” porque aprendes,
integras, te transformas e incrementas tu propia capacidad de hacer. Y una vez
encauzada la creatividad humana (y roto algunos límites) abres camino a otras personas… Cuanta más herramientas tengas, mejor. Cuanta más información
tengas, mejor. Y cuanta mayor sea la calidad de tu información, mejor.
Esta mística contemporánea dice
vivir para la búsqueda de la serenidad y el equilibrio que encuentra en su trabajo
cotidiano, en la práctica deportiva, y en la naturaleza que -a su entender- es la
puerta de acceso “al estado de
presencia”.
Ya en el segundo cóctel se le
suelta un poquito la lengua y me enseña el dibujo del personaje Yono en un catálogo. Se trata de una
mujer con enormes alas, una metáfora que con frecuencia utilizo yo misma en los entrenamientos
con profesionales de “altos vuelos” que -sin embargo- se arrastran por el lodo
organizacional.
La historia de Yono
nace del cuento escrito por una amiga de Arantzazu cuya protagonista siempre
está diciendo: “… yo no puedo
matricularme en la universidad, yo no tengo dinero para hacer ese viaje, yo no
soy lo bastante guapa-delgada-elegante-culta..., yo no sé lo
suficiente para liderar mi equipo… yo no…” La cuestión es que a ese
personaje le salen alas -yo diría que en realidad despliega las alas que ya
tenía- y el cuento continúa en lo que pudiera titularse Yosi: Yo sí puedo volver a la universidad con cuarenta años, yo sí
puedo sacar el carnet de conducir con cincuenta años, yo sí puedo ser jefa de
mi departamento, yo si puedo ser feliz, como una lombriz. Yo ¡sí! ¿Y usted?
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